ESCRIBIR SOBREVIVIENDO
La visita a la memoria,
la recuperación de un instante demoledor y el reencuentro con uno mismo
mientras se escribe una novela.
Tenía Miguel
Ángel Hernández ya presentadas unas buenas credenciales narrativas, de la mano
de la editorial Anagrama y su participación en el Premio Herralde, ‘Intento de escapada’ y ‘El instante de peligro’, dos
credenciales que le han garantizado un lugar en la buena literatura de los
últimos años. Y eran novelas en las que la experiencia adquiere un papel
fundamental; dicho de otra manera, obras en las que la no ficción se convierte en argumento literario, al hilo de la
costumbre de autores tales como Vila Matas, por citar tan solo a uno de los
autores fetiche de Miguel Ángel.
Hasta ahí
todo seguía un camino jalonado por una prosa excelente, una voz firme y una
literatura con mucho que contar. Pero he aquí que el autor murciano no se ha
conformado con seguir por el camino iniciado y ha hecho un giro sobre sí mismo,
un giro que le ha llevado a mirar en su propia memoria, o lo que es igual, a
adentrarse en un recoveco diferente a los que habitualmente transitaba al
hablar de su propia experiencia. Del presente continuo de su carrera y sus
disquisiciones acerca del mundo del arte, su especialidad, pasamos ahora a
encontrarnos con el Miguel Ángel más humano, el que regresa a sus dieciocho
años, a la huerta de Los Ramos, y a una navidad demoledora en la que vio cómo
su universo personal se venía abajo tras la muerte de su mejor amigo, momentos
después de asesinar a su propia hermana.
Las muertes
de Rosi y Nicolás derruirán de golpe el pasado, el antes en el que vivía el
joven Miguel Ángel, y sólo regresan a él cuando un amigo escritor le sugiere
que en ese hecho le está aguardado una novela, una nueva historia. Esta
metaliteratura, a la que tan acostumbrados nos tiene el autor, se enriquece en
esta ocasión con la memoria, pero también con los pulsos del alma, porque
aquella noche será la espoleta que ponga en marcha toda la relojería de los recuerdos,
y hay mucho que recordar, hay mucho sobre lo que hablar, empezando por la
diferencia entre el presente y el pasado, por la posibilidad de regresar a esos
tiempos que en ningún caso fueron un paraíso perdido, sino más bien un lugar
del que huir lo antes posible.
Nadie debería
cometer el error de considerar ‘El dolor
de los demás’ como la novela moderna sobre la huerta murciana, ni siquiera
como la novela moderna sobre Murcia, porque pecaría de miopía literaria.
Estamos ante una novela extraordinaria que transcurre o parte de una zona
concreta de la huerta. Punto. Lo demás supondría menospreciar la historia, y
acaso uno de los muchos méritos que haya alcanzado Miguel Ángel sea
precisamente el de haber construido su novela desde sus propias llagas, la incomodidad
de saberse viviendo en un entorno que no era el suyo, la necesidad de huir
hacia la universidad para poner distancia, pero también el remordimiento por lo
que dejaba atrás: familia, amigos, raíces…, y como guinda aquella historia
trágica que sacudió la pedanía una noche tan especial como la de Navidad.
No tiene, por
tanto, nada que envidiar a ninguna otra novela que nos plantease un caso
parecido en la América profunda o en un país cualquiera del centro o del norte
de Europa. Se trata de reconocer de una buena vez el mérito de la gran
literatura, la que se arraiga en el paisaje natal del autor, pero sin ser
exclusivamente localista, la que se universaliza porque ese paisaje es sólo un
marco, y desempeñará el papel que su autor le conceda, en virtud de lo hondo
que lo sienta, pero desde luego huyendo del costumbrismo barato.
El hombre que
es ahora el narrador de esta historia dista mucho de ser el que era a los
dieciocho años, cuando Nicolás cometió aquel terrible crimen, y uno de los
mayores contrastes de la novela se produce cada vez que ese hombre regresa a
Los Ramos, porque allí el tiempo parece haberse detenido, acaso lo que él
necesita para recuperar aquella historia y convertirla por fin en materia
literaria. Pero ese contraste, a la vez, le sirve para corroborar que en su
momento eligió el camino correcto, por mucho que ahora haya empezado a acusar
un poco más las punzadas de nostalgia.
Como ya se ha
mencionado, la obra tiene el valor añadido de la metaliteratura, y que Miguel
Ángel Hernández explota con sapiencia mientras arma la novela de aquellos
hechos tratando de recuperar el testimonio de testigos e incluso siguiendo los
consabidos pasos detectivescos que todo caso policial requiere.
En
definitiva, se percibe en estas páginas el amor por la escritura que ya
conocíamos en su autor, pero también la necesidad de ajustar algunas cuentas
con el pasado, de asumir heridas que tal vez ya puedan cerrarse, al igual que
la necesidad de reconocer ese dolor del título, el que afectó a los demás y que
el juvenil egoísmo no le permitió entonces apreciar en toda su magnitud.
Acompañemos a este autor en un camino que no le habrá resultado precisamente un
lecho de rosas.
‘EL
DOLOR DE LOS DEMÁS’, Miguel Ángel Hernández.
Anagrama. Barcelona 2018. 307 págs. 11 euros.
(LA VERDAD, "ABABOL", 9/6/2018)
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