RAPTO TIENE NOMBRE DE MUJER, de Julián Ibáñez, por Antonio Parra Sanz
Datos publicación
Cuadernos del Laberinto. Madrid 2026. 132 págs.
Datos del autor
JULIÁN IBÁÑEZ (Santander, 1940) Es
el gran renovador de la novela negra española, sus relatos son piezas de culto
donde el realismo se impone al artificio. Maestro en el arte de retratar a
tipos duros atrapados en un presente perpetuo, ha seguido la máxima de Chandler
"Analiza e imita" para convertirse en una firma imprescindible del
panorama criminal.
Premiado con el L’H Confidencial,
el Novelpol Honorífico, el Pata Negra de la Universidad de Salamanca o el
Castelló Negre, su universo literario gira hoy en torno a la figura icónica de
Bellón. Entre sus novelas de género negro destacan La triple dama (1980), Mi
nombre es Novoa (1986), ¿A ti dónde te entierro,
hermano? (1994), Entre trago y trago (2001), La
miel y el cuchillo (2003), Que siga el baile (2006), El
invierno oscuro (2008) Perro vagabundo (2009), Giley (2010), El viejo muere, la niña vive (2014), Todas las mujeres son peligrosas (2015), Gatas Salvajes (2015), Canino (2016), Las pelirrojas no se arrojan al vacío (2016), El matón al que engañaban las mujeres (2017), Violentamente pelirroja (2018), La catequista (2018), Yo fui mercader de mujeres (2019), La noche se llenó de sirenas (2020) o Las pelirrojas nunca se marchitan (2022)
o La banda (2022), Atrapado (2023), Rata contra madame en el metro de Nueva York (2024), El secuestro de Chapapote (2025) o Rapto tiene nombre de mujer (2026).
Sinopsis de la obra
La relación entre Modesto, el
comisario, y Bellón siempre ha sido un equilibrio precario de favores y
billetes arrugados. Pero esa tregua salta por los aires cuando Olvido, la mujer
en silla de ruedas que contrató a Bellón para sus paseos diarios, desaparece
sin dejar rastro. Para el supuesto detective, ella era un ingreso fijo y una
rutina tranquila; ahora, es la pieza que no encaja en un tablero de corrupción
y violencia.
Entre celdas de juzgado, bares
de mala muerte y la sombra constante de la traición, Bellón deberá decidir si
sigue siendo el perro de presa de Modesto o si ha llegado el momento de morder
la mano que le da de comer. En este laberinto de asfalto, la única salida es ir
un paso por delante de quienes manejan los hilos. Una historia de lealtades
rotas donde el precio de la libertad es quedarse, otra vez, con los bolsillos
llenos de nada.
Reseña
ETERNO BELLÓN
Cuando uno habla de Julián Ibáñez y alguien pregunta quién es, a Bellón le sale urticaria en su cuerpo de eterno superviviente. En ese momento uno cuenta hasta diez, respira hondo y recomienda al incauto que se busque libros de Ibáñez, y ya puestos de Juan Madrid y Andreu Martín, que hoy por hoy conforman la santísima trinidad del género negro, con permiso de Vázquez Montalbán.
Pero recriminaciones genéricas aparte, hay que recomendar la lectura de las novelas de Julián Ibáñez porque en ellas sobrevive lo más canónico de la novela negra: el desencanto de un personaje que parece pasar de puntillas por el tiempo, que no es policía pero que trabaja de vez en cuando para ellos, que no es un chulo pero algún negocio del estilo ha llevado a cabo, que ha ejercido como gigoló tanto como segurata de bar o huelebraguetas en toda regla.
Y es que Bellón parece eterno, moviéndose siempre entre las dos aguas de lo legal y lo moral, aunque de lo segundo sepa mucho más que de lo primero. Aquí nos lo encontraremos acompañando a una mujer inválida en sus paseos por el parque, pero aceptando un euro que otro en su pluriempleo de lumpen. Así hasta que la dueña de uno de esos garitos que frecuenta le pide que le quite de encima a dos extorsionadores que, para más inri, son de la bofia.
El cerebro de nuestro Bellón ha de trabajar a marchas forzadas, el cerebro y el instinto que le permitirá manejarse entre dos mundos complejos y alejados que quién sabe si terminarán por encontrarse en algún momento. Si tuviéramos que anotar algún rasgo más determinante en el protagonista de esta entrega quizá sería ese desencanto antes mencionado.
Bellón sigue sobreviviendo y explotando sus recursos, pero hay un punto de amargura que quizá ha subido algunos enteros, como si este supuesto detective estuviera viéndole las orejas al lobo del tiempo, o acaso sea que ya está empezando a hartarse de una sociedad cada vez más hostil. Quizá sea una percepción de este lector, en cualquier caso, nada de ello le resta mérito alguno a su trabajo, ni valor a la delicia que supone abrir una nueva novela de Julián Ibáñez.
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