

ANTONIO PARRA SANZ (Madrid 1965), escritor y crítico literario. Novelas: Ojos de fuego, La mano de Midas (Premio Libro Murciano 2015), Los muertos de las guerras tienen los pies descalzos; Acabo de matar a mi editor, Dos cuarenta y nueve y Entre amigos (Serie Sonia Ruiz 6). Relatos: Desencuentros, El sueño de Tántalo, Polos opuestos, Cuentos suspensivos, Malas artes, Gomes y Cía, Cartagena sangrienta. Artículos: La linterna mágica, Butaca de patio. Ensayo: Tres heridas.



Demonios cotidianos
Buscando su hueco en el mundo, en una carrera universitaria que no acaba de llenarle, o en su corazón, para hacerle sitio a Eva, Andrés roba un día el libro equivocado, y con ese acto desata una serie de acontecimientos demoníacos. Desde ese momento, Antonio Calzado alterna dos líneas narrativas, la que sigue los pasos de Andrés y la que ocupan aquellos seres que han empezado a jugar con él, con su voluntad y su destino. Poco a poco, esas dos líneas, que se antojaban un tanto paralelas, van convergiendo, y lo esotérico, lo sobrenatural, los crímenes, el dominio de las voluntades, van haciéndose los amos del argumento. Hay muchos secretos que desvelar, además de un eterno combate entre el bien y el mal, entre dos criaturas que forman una misma moneda y que se aprovechan del joven, de sus debilidades y de sus sueños.
El terror (la novela obtuvo el I Premio de Literatura Fantástica Ciudad de Maracena) no es nada gótico, al contrario, tremendamente actual, lo que otorga mucho más valor a la creación de Antonio Calzado, quien nos hará ver demonios hasta en los rincones más cotidianos de nuestras vidas, y eso es lo peligroso de verdad, lo más terrorífico que aglutina esta novela.
Editorial: Almuzara. Córdoba, 2010. 335 páginas.
(LA VERDAD, "ABABOL", 2/4/2011)

Al pobre Roy Bean estuvieron a punto de lincharle, y desde entonces decidió que impartiría justicia con el segundo mejor argumento del Oeste, una soga (el primero era el Colt 45), así que John Huston no tuvo más que dirigir a un histriónico Paul Newman para hacerlo creíble. Menuda herencia nos han dejado entre los dos, a tenor del ambiente que se respira últimamente en este santo país.
Ya sabemos que todo español lleva dentro un médico, un seleccionador nacional y un detective, pero desde hace algún tiempo, también lleva dentro un juez, porque se está extendiendo la práctica abusiva de juzgar a todo aquel que nos rodea, acusando y señalando sus faltas no sólo sin pudor, sino con el orgullo de mostrar haces de paja en los ojos de los demás. Y gran parte de culpa la tiene el papanatismo de los políticos, empeñados en colocar en la diana de lo prohibido todo lo que cualquier cantamañanas con escaño considere incorrecto, sea lo que sea. No hablo ya del manido tema del tabaco, ni siquiera en el Camp Nou, cuna del catalanismo más progresista de Europa, puesto que en aquel pequeño país se prohíbe siempre un punto o dos más que en el resto de España. Hablo, tan solo, de relaciones humanas, porque cada vez más gente sale de su casa empuñando el índice acusador para disparar sin piedad al primero que se encuentre.

A veces los señalados habrán cometido algún error, mayor o menor, pero otras veces su gravísimo pecado será hacer algo diferente, o que no resulte del gusto del señalante. No aparcar frente a una puerta, aunque no haya señal de tráfico alguna, no dejar que los niños jueguen a la pelota frente a nuestras casas, no consumir tabaco, alcohol o grasas, o todo aquello que alguien considere feo, no repetir curso, no opinar de nada que resulte comprometedor, no llamar a las cosas por su nombre.., pero, eso sí, hay que ver televisión basura, hay que leer revistas del hígado, escuchar cómo sientan cátedra rubias vulgares y maloperadas. Todo eso sí, porque si entonces alguien alza una voz mínimamente acusadora, será tachado de intransigente.
Aquello de que la libertad de uno termina donde empieza la de los demás se ha convertido, desde hace unos años para acá, en una frontera móvil, corrediza y acomodaticia según le convenga a cada uno. Así nos va en esta sociedad individualista y ciega, crispados porque no sabemos convivir con los demás, porque creemos, en nuestra supina falta de humildad, que somos los únicos seres del universo. Vamos listos como no volvamos a aprender en qué consiste la tolerancia; no recuerdo quién dijo aquello de que cuando se apunta con el índice, otros tres dedos señalan al apuntador, pero sería conveniente no olvidarlo.

ENCUENTRO CON MARÍA DUEÑAS Y CLAUSURA
"No puedo estar más que agradecida a los lectores por cómo han acogido mi novela, aunque a veces, cuando la veo por todas, partes, confieso que siento un poquito de vergüenza”.
Así de sincera se mostró María Dueñas en la clausura de la 1ª Semana Literaria del IES Mediterráneo, ante un auditorio lleno que la escuchó con la misma admiración con la que después aguardó a que ella firmara sus ejemplares. La autora de “El tiempo entre costuras”, recién llegada de viaje, tuvo la deferencia de poner el punto y final a una semana repleta de encuentros muy fructíferos, y departió con los lectores durante más de una hora sobre la génesis de la que ha sido la novela más vendida de los últimos tiempos.
Para ella, el Marruecos español, lugar en el que transcurre una gran parte de la obra, no era sólo una zona militar, sino un lugar en el que vivir, una especie de oasis de tranquilidad y un refugio para la memoria, de entre cuyos recuerdos comenzó a crecer el germen de la novela. Novela que se fue alimentado de una serie de personajes fascinantes que María iba encontrando a medida que se documentaba, seres que mostraban, en su vertiente histórica, peculiaridades suficientes como para que aumentara el interés literario por ellos. Y a ellos se sumó el misterio provocado por los movimientos de espionaje que entonces florecieron en el norte de África perteneciente a España.
Aun así, la novela no estaba completa, y ella sentía que faltaba un hilo conductor central, alguien que fuera capaz de ver qué ocurría con todos aquellos personajes, y de esa manera nació Sira Quiroga, alma indiscutible de la obra, cuya existencia fue la que terminó de hilvanar a todas las demás criaturas, incluyendo a las secundarias que encarnaban otros temas como la amistad o la ley. Como todas las personas, Sira tenía un camino que seguir, y ése fue el eje central de la novela, su paso del exilio al desexilio, el viaje exterior entre Madrid, Tetuán y Lisboa, y el interior que acabaría moldeando a la joven costurera.
No podríamos haber imaginado un mejor broche para esta semana literaria, y María Dueñas se encargó de realzarlo aún más al asegurarnos que habrá nueva novela, y que trata de concentrarse al máximo en ella separando ese proceso creativo de la vorágine en la que le ha sumido el éxito de “El tiempo entre costuras”. Los alumnos y los profesores del IES Mediterráneo esperamos con avidez esa segunda novela.
ENCUENTRO CON JERÓNIMO TRISTANTE
Esta es una de las muchas intimidades que nos ha desvelado Jerónimo Tristante en su encuentro con los lectores para hablar de la segunda entrega de su detective Víctor Ros, “El caso de la viuda negra”, una novela ambientada en un periodo que el autor admira, el siglo XIX, y que se arma gracias a otras de sus pasiones, el misterio y las historias de crímenes, no en vano considera que los asesinos en serie son personajes muy atrayentes para la literatura.
Una literatura que se encargó de desmitificar, puesto que en ella está todo inventado después de tantos siglos, por lo que cobra aún más importancia la manera en la que se cuentan las historias, la forma original de presentar un argumento, que puede suponer la diferencia entre el triunfo y el fracaso. Todos podemos llevar dentro un narrador, pero lo importante es tener una buena historia y saber contarla, tal y como decía Delibes, como si se la estuviésemos contando a un amigo.
Para Jerónimo, hay dos clases de escritores, los autores “estupendos”, que se creen superiores y necesarios para la posteridad y que olvidan al lector, y los autores que piensan en los lectores, y que pretenden mimarlos para que disfruten de la lectura; por ello defiende que es una pose decir que no se piensa en el lector en el momento de la creación literaria, porque cualquier autor escribe para ser leído y le debe su vida como literato a los lectores.
"Leer un libro es una de las cosas más divertidas del mundo, y eso es lo que debe transmitirse en el aula a los alumnos, porque leer no ha sido nunca, ni debe serlo, un castigo, sino un placer inmenso". Como fue un placer y un divertimento escuchar a Jerónimo Tristante, que además de desempolvar anécdotas de sus fuentes y de la creación del personaje de Víctor Ros, nos contó algunos secretos que aún no pueden confesarse, y que quedarán bien custodiados en la complicidad establecida entre autor y lector.

Varios días después, por la tarde, de nuevo en el tren, la vorágine de cuerpos y maletas se altera ante la posibilidad de que el convoy arranque antes de tiempo. La gente se deja llevar por avalánchicos ancestros para asaltar sus respectivos asientos. Lamento que el pasillo no sea más ancho o que no se hubieran retrasado los minutos suficientes como para quedarse en tierra. Cuando al fin logro sentarme y sacar mi libro, mi vecina de asiento recibe una llamada en su móvil; durante quince eternos minutos desgrana, a voz en cuello, todo lo que cree conveniente, sin importarle quién la escuche, los regalos para los niños, la herencia del abuelo, el desempleo del padre, la crisis, las cañas que se ha tomado a mediodía con no sé quién. Y cuando considera que ya ha pregonado bastante su vida, se enrosca sobre sí misma y se duerme impidiendo la salida al pasillo.
Al fin puedo leer, mi teléfono vibra entonces en el bolsillo y no contesto, por nada del mundo quiero alterar el tenue silencio, ni siquiera con el susurro de una excusa y la promesa de devolver la llamada. Hay demasiados espejos en los que no deseo mirarme.


Dos amigos no se unen para hacer literatura por casualidad, dos escritores publican juntos cuando compart6en la forma de mirar el mundo, cuando beben de los relatos hispanoamericanos, del cine, de Poe, de una fantasía común capaz de crear un universo íntimo y propio. Eso han hecho Pedro García Martínez y Antonio Pérez Abril con estos gramos que enseguida se vuelven kilos de calidad en relatos como ‘Quince segundos’ o ‘Make my day’, relatos que nos zarandean y nos agarran del cuello para no soltarnos más que en el punto final.
Editorial: Culturajos. Murcia, 2010. 156 páginas.

Madrugada en el tren, la niebla se alía con la noche para concederle unas horas más de eterna juventud, el vagón entero dormita hasta que en Murcia entra una pareja de mediana edad, ambos cargados con un equipaje informe además de los bártulos acarreados por los años de vida en común. La mujer se acurruca junto a la ventanilla y procura dormirse pronto. El hombre, por el contrario, esparce sus pertenencias por su asiento y por los dos asientos que tiene frente a él, huérfanos de respaldo: una radio, una libreta costrosa, un bolígrafo, una gorra, una bolsa de plástico de contenido indefinible, una naranja que pela con estrépito mientra se alegra de abandonar esta ciudad cuanto antes, todo ello vociferando sin cesar. Es zafio, grosero y tritura los gajos de la naranja con la boca entreabierta. Al fin, no contento con su invasión, le canta al vagón que en cuanto llegue a su destino visitará, sea como sea, el servicio de urgencias de algún hospital, porque no termina de orinar bien. Me inclino un poco para mirar a su mujer, escondida entre bufandas; juraría que se hace la dormida y no me extraña lo más mínimo.

Entomología humana
Santiago es un hombre que no puede alardear de triunfos, a los cuarenta años, separado y empleado de pompas fúnebres, no goza precisamente de la consideración de su familia. No obstante, decide pasar las vacaciones con su hija adolescente, como si en esa posible relación paterno filial estuviera escondida la panacea, y para colmo, su padre ha empezado a chatear con él, aunque con la peculiaridad de hacerlo desde el más allá.
Con estos predicamentos, Miguel Paz Cabanas regala al lector una intensa novela, intensa porque su autor es uno de esos escritores curiosos a los que les gusta observar, hacerse un millón de preguntas y luego empezar a plasmar en el papel lo visto, lo vivido, lo recordado, y casi hasta lo soñado. Su trayectoria como narrador no está avalada sólo por esa conducta de entomólogo humano, sino por numerosos galardones de relatos recibidos en España e incluso fuera de nuestras fronteras.
El equipaje narrativo, el viaje de Santiago y su hija, las conversaciones con el difunto padre, medio humorísticas medio existenciales, le conceden a la novela un ritmo constante pero no acelerado en exceso, como uno de esos ríos a los que no prestamos atención hasta que un otoño se desbordan. Cada una de las andanzas de Santiago, y no son pocas, le deposita frente a curiosos personajes, ambientes expresionistas o directamente del lumpen, viviendo situaciones esperpénticas o peligrosas que hacen de él una persona digna de lástima en ocasiones, pero también merecedora de simpatías. Que nadie se confunda pensando encontrar una ‘road movie’ a la americana, o una reedición de ciertas carreteras secundarias, hay una declaración de vida, con sus periodos de lucidez y de sombras, con sus delirios y sus miserias, una senda que impulsa al protagonista a seguir caminando a la búsqueda de un lugar imposible, una quimera en la que reposar sin ser mirado por encima del hombro.
‘El viaje del idiota’. Miguel Paz Cabanas.
Editorial: Baile del Sol. Tenerife, 2010. 174 páginas.
LA VERDAD (ABABOL), 5/3/2011
Ojos sedientos
Tan solo un escritor de mirada ávida podría atreverse a narrar cruentos episodios de

El joven Marcial, humilde pastor de Barreiro, es el elegido por los espectros de los once fusilados del pueblo para que se convierta en su mensajero, y les ayude así a seguir luchando por una República cada vez más cerca de la extinción y la derrota. Nadie más que él puede verlos salir de esa fosa atropellada y furtiva que cavaron los futuros vencedores, y cuya huella en al tierra se asemeja a la de América del Sur. En manos de otro narrador, ni la situación resultaría creíble ni tampoco daría paso a una acerada crítica social de
Además de esta crítica social ya mencionada, del trazo sutil de personajes que pulularon por todo el país (maestro fusilado, cura fanático, falangista rijoso), no podía faltar en la novela una mujer espectacular y magnética, Elisa Febrero, con la que Marcial se empeña a toda costa en estrenar su masculinidad y huir después a América. Añádase a todo ello una buena sarta de historias tangenciales, mejor dicho, complementarias, atesoradas por ese afán que tiene el autor por recopilar vivencias y conversaciones ajenas, y estaremos ante una novela ágil e intrahistórica, de esas que nadie quiere que alcancen su punto final.
Editorial: Temas de Hoy. Madrid, 2011. 221 páginas.

Fronteras de silencio
Tiene ojos y no ve, tiene orejas y no oye, tiene boca y no habla, ése es el abecé del buen habitante de Brétema, ése debe ser para Mariscal, el amo de la zona y del contrabando. Manuel Rivas aborda con gran valentía un tema que ha sido tabú en muchas localidades costeras de Galicia, y lo hace con el trazo habilidoso de unas criaturas que nacen, viven y mueren en esa naturaleza fronteriza repleta de silencios.
Además del capo, teñido por un hálito mitad cinéfilo mitad caribeño, estas páginas recogen las vidas de tres jóvenes: Brinco, Leda y Fins Malpica, tres niños acostumbrados a lidiar con lo que el mar devuelve a cada playa, y cuyas andanzas infantiles protagonizan la primera parte de la novela. Tres niños que se convierten en adultos en la segunda parte, a diferencia del eterno Mariscal, que como buen forajido parece estar por encima del paso del tiempo. Tres seres que verán cómo sus caminos se alejan y vuelven a cruzarse en un ambiente denso, embravecido, o teñido a la fuerza por las exquisitas maneras de Mariscal.
Brinco siempre fue un ganador, y siguió siéndolo cuando decidió trabajar al lado de Mariscal. Leda, indómita y salvaje, sobrevivió como pudo al lado de Brinco, criando a su hijo Santiago y colaborando de vez en cuando con el clan. Fins Malpica, en cambio, fue quien más se alejó de Brétema, pero todos los años pasados fuera le dieron la fuerza necesaria como para volver y tratar de ajustar una antigua cuenta pendiente. No hay dogmatismo en estas páginas, ni tampoco son maniqueas, Manuel Rivas perfila con enorme calidad la atmósfera callada y opresiva de la complicidad en los desembarcos, primero de tabaco, más tarde de drogas, pero evita hacer juicios, tan sólo presta sus ojos y su voz a las personas, de ahí la intensidad de todos los acontecimientos que narra. Nada hay silencioso cuando un buen escritor empuña su pluma.
‘Todo es silencio’. Manuel Rivas.
Editorial: Alfaguara. Madrid, 2010. 245 páginas.

Sólo dinero
Pocas veces el tema central de una novela es el capitalismo más salvaje y las guerras intestinas de las grandes compañías, pero no se puede achacar únicamente la calidad de esta obra a la elección del tema. Si Pablo Sánchez obtuvo con ella el Premio Francisco Casavella fue también por el ritmo despiadado que imprime a su prosa, tan despiadado como las vidas de sus yuppies, y por la habilidad para la disección de los personajes que pueblan estas páginas.
César, el triunfador, capaz de abandonar
El ritmo de la escritura es intenso y a menudo hasta frenético, los escrúpulos brillan por su ausencia, y los cadáveres, ya sean reales o burocráticos, deben dejarse en la cuneta para que no le impidan al triunfador proseguir su estela ascendente. La política se hace presente porque hay muchos niveles de influencias en los que moverse, y las dentelladas vuelan por doquier. Pero por encima de todo ese ambiente wallstreetiano hay un objeto, un macguffin, un rosebud que preside muchas de las acciones, una vieja cámara de súper ocho que desempeñará un papel vital en esta historia cuya lectura es adictiva, casi tanto como se vuelve el trabajo para sus protagonistas, que se aferran a él como si en ello les fuera algo más que la vida.
‘El alquiler del mundo’. Pablo Sánchez.
Editorial: Destino. Barcelona, 2010. 315 páginas.
LA VERDAD - ABABOL (29/1/11)

Un hombre agreste va sentado en el autobús, junto a la ventanilla, de espaldas a la marcha, con un sofisticadísimo teléfono móvil enclaustrado en su mano, uno de esos aparatos con teclado minúsculo, agenda electrónica y centenares de aplicaciones. El aparato suena con frecuencia y él se limita a interrumpir la llamada, sin contestar, para devolver de nuevo la mano a su mejilla. Una mejilla surcada por décadas de trabajo en el campo, al aire libre, llena de las grietas de tantas cosechas recogidas. La expresión es mitad indiferente mitad triste, de nuevo pulsa el botón e interrumpe la melodía. En su oreja izquierda brilla una pequeña bola de oro, el pendiente y el móvil serán la marca de los hijos, el hierro con el que lanzar al exterior al patriarca de su propiedad, como si con ambos adminículos tranquilizaran el remordimiento de conciencia de no acompañarle en sus últimos años.
Las mujeres siempre han tenido un ojo especial para la política, ya lo demostró Aristófanes con su comedia, en la que una huelga de piernas cerradas ponía fin a varios años de guerra, claro que con Maribel Verdú en la pantalla, la guerra no hubiera durado ni lo que se tarda en pronunciar la palabra. El caso es que como


George Orwell lo creó para la literatura, y John Hurt y Richard Burton lo recrearon magníficamente en la pantalla. Me refiero al Gran Hermano, pero al original, al inquietante de verdad, al que lo controlaba todo y era capaz de tiranizar a la población aplicándoles los castigos más dolorosos, aquellos que incidían en las propias fobias de cada uno. Esa figura, hay que ver lo que son las cosas y los tiempos, ahora parece que ha cambiado de sexo, ha nacido
En lugar de avanzar, retrocedemos, porque ese “Denuncie usted”, a poco que nos descuidemos, nos puede llevar otra vez a los años oscuros de la guerra y la posguerra, cuando tantas cuentas se ajustaron sin que mediaran precisamente causas ideológicas. Detrás de esos batallones inquisitoriales que tanto gustarían a esta ministra (pónganle cuero y una gorra de plato y temblaremos todos, o quizá haya algún masoquista que disfrute) se difumina, y nunca mejor dicho, la brutalidad de una ley que ha convertido a los fumadores en seres malditos, apestados y marginales, sin ocuparse de sus derechos, que también los tienen.

Lo siento mucho, porque sé que el derecho a la salud es importante, pero también lo es la libertad de elegir. No creo que haya un solo fumador que ignore que lo que hace le puede traer nefastas consecuencias, pero o se financian los tratamientos y las ayudas, o se deja de vender tabaco (calculemos todos el dineral que perdería el estado, si podemos), o se respetan lugares privados para que quien quiera ahumarse pueda hacerlo libremente y sin molestar a los demás. Derecho a la libertad, sí, pero para todos, y todos no son sólo los que quiera esta ministra, que no ha estudiado Medicina sino que es socióloga, y tal vez por ello se haya lanzado después a enfrentarse con las discriminaciones laborales por razones de opción sexual o aspecto, sin mencionar, eso sí, la discriminación laboral por incompetencia manifiesta, quién sabe por qué la habrá obviado.
Uno, que ha sido fumador y ahora no lo es, no comparte ni un ápice de esta ley dictatorial, o si no, empecemos por meter en ese saco de persecuciones otros comportamientos que también son nocivos para la salud. A saber: chicles que se pegan a los zapatos o la ropa y provocan síncopes y maldiciones varias; esputos de mayor o menor cremosidad que adornan las calles y martirizan mi sensibilidad estética; deyecciones caninas no recogidas por los dueños, con el consiguiente riesgo de resbalón y fractura de coxis o cadera; exceso de ingestas alcohólicas que llevan al vecino a gritar y zurrarse con su mujer impidiendo mi descanso y martirizando mis oídos; excesos de humos automovilísticos dañinos para los pulmones; exagerados volúmenes de las conversaciones telefónicas móviles que zahieren de nuevo mis tímpanos; atracones masivos de grasaza que llevan a la obesidad y al riesgo coronario de saturar hospitales; pero sobre todo, la imbecilidad manifiesta de los inútiles y los meapilas, meen de pie o sentadas, que amenazan mi equilibrio mental.
Ya lo decía el genial Luis Sánchez Polack, “Tip”, y es que los tontos me ponen muy nervioso, y España está cada vez más servidita de lerdos, y lerdas, no se me enfade la señora Pajín, que tal vez no se acuerde de cuando estudió el género neutro latino. Ganas me dan de volver a empuñar el cigarrillo, aunque sin encenderlo, sólo por molestar a los que vayan de iscariotes por la vida.
BUEN ESTRENO
Escribir literatura para jóvenes es algo muy serio, máxime si ese paso lo da un escritor que habitualmente crea para adultos, porque hay algunos autores que se plantean ese cambio como una especie de divertimento y terminan por menospreciar al público infantil y juvenil. Por fortuna, ese no es el caso de Rubén Castillo, que se estrena en el mundillo juvenil con una novela muy bien armada, salpicada de misterios, y con una intriga que a buen seguro atrapará a todos los lectores.
La historia de Joaquín, durante los días que pasó lejos de sus padres, alojado en el campo con su tía Paloma, podría parecer a priori un manido recurso argumental, pero su autor la plantea con el mismo rigor con el que encara todas sus obras, con un lenguaje que en todo momento respeta tanto a su protagonista como a los lectores que disfrutarán con estas páginas. El desencanto del joven por tener que verse relegado a estar con su tía, en unos momentos en los que también se decide su futuro familiar, y la posible monotonía de esa estancia campestre, se ven rotos por la peculiaridad de una cueva en la que se suceden hechos inquietantes, y lo mejor de todo es que asistimos a esos hechos, dosificados con maestría, al mismo tiempo que lo hace el propio Joaquín.
Con independencia de los valores que esta novela transmitirá a los jóvenes, y de las espléndidas ilustraciones de Mar del Valle que la acompañan, resulta de lo más gratificante disfrutar de la buena mano de Rubén Castillo, porque ha sido capaz de emplearla con la misma habilidad que ya ha demostrado tanto en la novela como en el relato, e incluso en el ensayo, a lo largo de una trayectoria literaria que amplía ahora sus registros con la seguridad del trabajo bien hecho y del talento bien administrado.
‘La cueva de las profecías’. Rubén Castillo.
Editorial: Edimáter. Sevilla, 2010. 117 páginas.
(LA VERDAD, "ABABOL", 8/1/2011)

El beneficio de la esperanza
La vida de Antonia es la vida de una mujer de los años ochenta, con un pasado ideológico de izquierdas, una familia propia del franquismo, una profesión liberal, un matrimonio que se deshace y un hijo, Gabi, con el que mantiene una singular relación, la que ha provocado la desaforada imaginación del niño. No hay nada extraordinario en el planteamiento de Elvira Lindo, y seguramente por ello el volumen tiene tanta calidad literaria, porque como ya ha hecho otras veces, focaliza su narración en lo humano, al tiempo que lo mezcla con sus propias vivencias.
Yendo un poco más allá, la novela ofrece también una magnífica panorámica de los primeros años de
Dos acontecimientos inician la catarata de vivencias: el nacimiento de Gabi y la muerte de su abuela, los dos momentos más importantes en la vida de Antonia, a quien los demás han catalogado siempre como portadora de una gran alegría e imán para el dinero, pero también como una mujer imposibilitada para la felicidad conyugal. Hay quien podrá considerar la novela un tanto triste, es cierto que hay momentos teñidos de un demoledor pesimismo, pero el mérito de Antonia, o de Elvira Lindo, consiste en seguir adelante con su vida, concediéndole siempre a la línea siguiente el beneficio de la esperanza.
‘Lo que me queda por vivir’. Elvira Lindo.
Editorial: Seix Barral. Barcelona, 2010. 272 páginas.

Gran labor la que ha realizado Nórdica Libros al rescatar y publicar de nuevo esta primera novela de Peter Handke, para que así el lector pueda observar la enorme evolución experimentada por el autor alemán en sus obras posteriores. Con la idea de un texto fragmentario lleno de recuerdos, el mundo rural germano se difumina con la mirada, demasiado errática, del personaje metido a narrador, tan errática que a veces cuesta demasiado seguirla, y es que los caminos de la mente pueden ser, además de inescrutables, laberínticos en exceso.
‘Los avispones’. Peter Handke.
Editorial: Nórdica Libros. Madrid, 2010. 238 páginas.

Sin aliento
Nunca es fácil escribir a cuatro manos, porque los estilos suelen ser criaturas muy exigentes, pero Ana Ballabriga y David Zaplana parecen haberse convertido en unos expertos, porque en esta segunda novela han logrado su principal objetivo: que su prosa sea una, señal inequívoca de que sus proyectos, tanto los vitales como los literarios, son uno también. Han concebido esta historia de suspense con la capacidad necesaria para mantener en vilo al lector hasta sus últimas páginas, y con una estética muy visual, no en vano han bebido siempre de fuentes cinematográficas y practican ellos también el séptimo arte.
Nico, psicóloga, y Nuno, policía, viven en Lisboa y atraviesan una rocosa crisis de pareja, ella no quiere tener hijos y él no desea ser especialmente ambicioso en su trabajo; las recriminaciones se cruzan amargas hasta que alcanzan una tregua, él se involucra en un caso importante y ella promete colaborar estableciendo el perfil del asesino. Porque hay un asesino en serie de lo más macabro y escatológico, con tintes de un sexo que no practica, y cuyas actuaciones parecen mover los cimientos del matrimonio. Para completar el cuadro, Nico tiene una paciente muy extraña embarcada en un romance con un hombre casado cuyas descripciones son sospechosamente parecidas a las de Nuno.
Y a partir de ahí, el vértigo, con unos diálogos brillantes y una trama que se vuelve intermitente de la mano de los asesinatos y de las sospechas de la propia Nico, que llega a temer incluso por su vida. Además, y en un alarde narrativo considerable, el pasado de la psicóloga regresa para atormentarla y ofrecerle un encuentro muy poco deseado con un padre al que lleva muchos años odiando. No queda más que racionar bien el aliento para que nos llegue hasta la última página, porque estos dos escritores nos van a llevar hasta ella casi cogidos del cuello, sin permitirnos un solo parpadeo de más.
‘Morbo gótico’. Ana Ballabriga, David Zaplana.
Editorial: Alfaqueque. 2010. 346 páginas.
(LA VERDAD, "ABABOL", 4/12/10)
Todo proceso electoral necesita unos días de reposo antes de ser analizado, porque no bastan las carreras del recuento para ofrecer resultados que no son más que estadísticas. Y como ya han pasado esas jornadas, las recientes elecciones catalanas nos han abierto, nuca mejor dicho, un panorama novedoso y lleno de atractivos. Por no hablar de que sus efectos se dejaron notar, y de qué manera, el día después sobre el verde del Nou Camp (otro día hablaremos de la gran casualidad de que ese partido, y no otro, haya coincidido con semejantes comicios).

Y es que ahora se explica por qué los jugadores del Barça salieron como salieron, rebosando testosterona incluso el mismo Guardiola (cosa rarita en él), que por un día dejó de mingitar colonia y sacó los colmillos como cualquier mortal. Cómo no iban a estar desenfrenados después de que Carmen de Mairena y María Lapiedra hubieran puesto la campaña electoral a mil, así cualquiera salta al campo y se come a quien se le ponga por delante, tal vez la UEFA debería plantearse considerarlo doping de última generación.
Desde luego, eso es participación femenina y no lo que se respira en Madrid, cómo vamos a comparar los enjutos pellejos de Mª Teresa Fernández de

Pero no acabó ahí la cosa, porque el partido del señor Laporta también tuvo a otra campeona del mundillo político, María Lapiedra, que dejó en pañales a
Estas dos reales hembras demuestran la gran salud de la política patria, especialmente de la catalana, siempre a la vanguardia de las innovaciones más progresistas. Ya le hubiera gustado a Eddie Murphy contar con ellas en su película, él al menos esquilmaba a los congresistas norteamericanos, por aquí sólo nos pueden birlar el sentido común, porque dinero ya no nos queda. Lo malo es que no veremos a ninguna de las dos en el Parlament, porque iban a ser la comidilla de