El
humor como elemento capital, con sus compañeros innatos, es decir, la ironía,
el sarcasmo, la parodia, la sátira, y sin olvidar jamás la crítica social.
Sobre esos cimientos edifica Eduardo Mendoza sus novelas, realizando así un
permanente ejercicio de agudeza y diversión, pero siempre con los pies muy en
el suelo, y sabiendo, como es lógico, lo que toca en cada momento narrativo.
No
vamos ahora a desvelar el talento literario de un hombre que, a juicio muy
personal de quien esto firma, merecería estar, no ya en las quinielas del
Nobel, sino en la galería de galardonados con el mismo, pero a su talento
siempre hay que sumarle la manera que tiene de mirar el mundo, de asomarse a la
realidad que nos rodea para luego ir metiendo los dedos en tantas llagas
sociales como nos salpican.
Humor inteligente y crítica social
No nos
engañemos, empuñar la crítica social es algo que puede hacer cualquiera, basta
con mirar y levantar la voz, y motivos para ello por desgracia no nos faltan. Practicar
el humor insípido y vacío también está al alcance de muchos, o de unos cuantos.
Lo verdaderamente complejo es aunar ambas cosas, es decir, practicar un humor
inteligente y fino, con municiones paródicas, y hacer que sus disparos señalen
a la sociedad como generadora de vicios y problemas. Eso ya solo pueden hacerlo
unos pocos elegidos, pero parece que en el caso de Mendoza no se le diera el
valor que tiene, porque él lo hace con tanta frecuencia como publica, y muchas
veces el lector, y el crítico, lo toman como si eso fuera ya una mera
obligación del autor.
Llamarle
cervantino, o quevedesco, empieza a no ser suficiente. Él es mendocista, por sí
solo, y lo demuestra con la ficción literaria pero también con la opinión,
aunque a veces se estrelle contra podencos ignorantes, contra gigantes cortos
de entendederas, como le ocurrió hace poco en San Jordi. La literatura de
Eduardo Mendoza requiere un compromiso de conciencia por parte del lector, una
mirada también afilada que nos lleve entonces a interpretar de manera correcta
sus planteamientos argumentales.
Si
entramos en lo técnico en esta novela, la estructura en tres partes es digna de
cátedra literaria, el funeral, la intriga y el inconveniente demuestran cómo
Mendoza parcela la historia modificando, mejor dicho, ampliando los puntos de
vista y haciendo que el lector vuelva sobre sus pasos para poder entender, y
entonces disfrutar, la totalidad de la trama. Juegos narrativos, quizá lo
llamen algunos, talento, debemos denominarlo los demás.
Viejos conocidos
El
universo mendocista es concéntrico y a la vez se enriquece con nuevos
personajes, pero aquí están, por supuesto, el detective sin nombre a quien
hemos acompañado en otras novelas, su hermana Cándida y un policía retirado con
unos principios más flexibles que los de Groucho Marx. Pero Mendoza retuerce un
poco más sus existencias, ubicándolos en una situación en la que un entierro
amañado, y el tesón de un periodista novato (impagable la figura un tanto
pusilánime de Ramoncito Valenzuela) ponen patas arriba un misterio que intuimos
pero que no podremos desvelar hasta bien avanzada la novela.
Si nos
detenemos en lo temático, ¡qué les voy a contar!: mezquindad, corrupción
política y económica, círculos de poder, tiranías periodísticas, oscuras
organizaciones, desapariciones pactadas, salud mental y supervivencia, pero
también una ciudad que palpita alrededor de temas y personajes, un entorno
extrapolable al resto del país o incluso del mundo, porque esos temas ya
citados son del todo universales.
El esperpento
Antes
hablábamos de Cervantes y Quevedo, y hay otra figura que planea siempre sobre
la prosa de Mendoza, nada menos que la de Valle-Inclán, porque los
chafarrinones del esperpento aparecen en cada página, en cada descripción, en
cada diálogo. De ahí que su prosa nos arranque sonrisas, amargas, sí, pero
sonrisas que constituyen muchas veces el pasaporte necesario para nuestra
supervivencia.
Otra
cosa será ya la supervivencia de los propios personajes, sometidos a mil y una
trampas y a las sombras de los que manejan ciertas conspiraciones. Suicidios
organizados, matones sombríos, un detective zarandeado por la realidad pero con
una capacidad de adaptación de lo más camaleónica, una madame que maneja hilos
muy muy finos… Todos ellos irán sazonando esta intriga en la que, seguir los
pasos del muerto, antes y después del óbito, será un ejercicio de lo más
entretenido.
Cualquier
autor que respete la literatura debería, antes de iniciarse en ella, leerse de
cabo a rabo la obra de Eduardo Mendoza, para saber cómo moverse por los
rincones que marca una diosa que, en sus manos, dista mucho de ser una amante
esquiva. Al contrario, él conoce todos los pliegues que el tiempo y la
experiencia han ido trazando en su piel, y se mueve acariciándola con la
delicadeza de quien no ha hecho otra cosa en su vida.
Allá
por el norte de Europa deberían volver los ojos, un año de estos, hacia este
hombre barcelonés que sigue escondiendo bajo su bigote la más irónica de las
sonrisas. Dicen que las propuestas para el citado premio llegan de la mano de
organizaciones constituidas para tal efecto en el país de turno del candidato,
si es así, estamos tardando en aunar voces para proponerle, aunque sabiendo
cómo nos las gastamos por aquí, y cómo es esta riña de gatos en la que chapotea
la literatura española, me temo que vamos listos. En fin, al menos nadie nos
podrá quitar la satisfacción de abrir una novela suya cada poco tiempo, y que
sea por muchos años.
'La intriga del funeral inconveniente'
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