lunes, 30 de noviembre de 2015

TRAMPANTOJO

       En Getafe, una docena de personas asistimos a la presentación de dos novelas. Sus autores conversan entre sí, cruzan preguntas mientras los transeúntes siguen su camino por la Plaza de la Cibelina, los niños con sus prisas y carreras, los jóvenes con sus peinados y sus ignorancias. Y en mitad del trasiego, un hombre cano, rozando la setentena, acude presuroso hasta un banco, se sienta y enciende un pequeño puro, con la determinación de lo clandestino, de transgredir prohibiciones médicas y cuerdas. Se lo va fumando con tanta calma como delectación, y entonces el mundo parece detenerse a su alrededor, porque en ese momento él es el símbolo máximo de la libertad.


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