UN PUÑADO DE ESPÍRITUS
Una
novela en la que la oralidad juega un papel fundamental, llena de testimonios
que van construyendo una realidad en la que cada personaje de Rivas ha de
buscar, como sea, su propia supervivencia.
Quien
haya visto a Manuel Rivas firmando ejemplares de sus libros le habrá
contemplado demorarse, pluma en mano, para acompañar la dedicatoria con algún
dibujo, alguna ilustración o algún esbozo de imagen, muchas veces marinera. Es
una verdadera delicia y demuestra una vez más cómo es la condición de escritor
de este coruñés, y cuánto esmero pone siempre en ella.
De
igual modo lo sentimos leyendo sus palabras, su fraseo corto, su descripción
consistente apenas en un trazo, un brochazo intenso y rápido que nos salpica la
retina al tiempo que fija el personaje, el lugar o el acontecimiento en nuestra
memoria. Así ha sido en novelas y relatos anteriores y así vuelve a ser ahora
en una novela que, aunque tildada como negra, va mucho más allá de los
planteamientos genéricos, se desliza con un embrujo brutal por otros caminos,
tanto sociales como argumentales, que no se conforman con el corsé de una
calificación comercial.
Quien
la haya etiquetado como negra sabrá las razones, mercantiles, propagandísticas,
quién sabe, pero el hecho es que las palabras de Dombodán sobre lo que ocurre
en Tras do Ceo dan para mucho más que para una intriga criminal, porque son el
aliento de un pueblo, el gallego, de una manera de contar peculiar y propia del
mismo, y finalmente son también un fresco social con muchas aristas, todas ellas
muy aprovechables para el curioso lector.
Alfarería narrativa
Todo
ello tampoco debería ser posible sin esa capacidad de Rivas para perfilar
caracteres, personajes complejos que muchas veces se muestran sólo por sus
palabras, sin apenas rasgos físicos, más bien atendiendo a lo moral, que es lo
que nos permite conocerlos, junto a sus voces y a lo que los demás dicen de
ellos. Tal vez una gran parte del mérito radique ahí, en esa suerte de
alfarería narrativa que se va modelando a lo largo de doscientas páginas de las
que nadie sale limpio, al contrario, porque no hay personaje que no esté
salpicado por las gotas de los secretos, la ambición o los remordimientos.
Así,
Dombodán, el narrador, no es sólo el corifeo de la novela, sino también el
encargado de transmitir a los lectores ese fresco social de una Galicia
profunda en la que caben muchos tipos humanos: el cacique tiránico, el médico
disoluto, el granjero hosco frente a la hija que busca modernizar el negocio,
el charlatán habilidoso, el policía corrupto, un piloto que en sus tiempos
surcó la ría con turbios objetivos, el descerebrado que bebe del mal, el
proxeneta que aspira a regentar un imperio, las prostitutas engañadas, y
alzándose sobre todos, el parvo de Dombodán, que no es tan corto como todos
piensan, y que nos encandila con las historias de los demás personajes.
Variedad temática
Por si
alguien duda, hay corrupción, hubo drogas, rencillas familiares, intentos de
justicia, caza, pero también enfrentamientos soterrados, tanto familiares como
de género, dominio de los más débiles, añagazas de mujeres explotadas, cárceles
poco pisadas, y todo en un ambiente que, si bien no oprime, sí presenta sus
credenciales en forma de costumbres arraigadas, algún misterio que otro, alguna
traición mal llevada y el deseo de que, tras ese cielo que los contempla a
todos y que se muestra en el título, no lleguen grandes cambios que lo remuevan
todo, sino que se mantengan las condiciones que a todos les permitan
sobrevivir, cada uno con sus manías y expectativas, pero sin estridencias.
Manuel
Rivas, primero con la excusa de una cacería que logre abatir a un jabalí
asesino, va perfilando unos retratos sociales de alto calibre, y luego se
permite jugar con el tiempo, haciendo que el narrador salte al pasado para contarnos
algunos hechos capitales que nos permitan comprender el comportamiento de estas
criaturas en el presente.
Sería
quizá reiterativo hacer comparaciones entre el coruñés y otros autores
gallegos, léanse Cunqueiro o Cela, por ejemplo, que practicaron este tipo de
narraciones, pero no vendrá mal en cambio recordar que la forma de plantear las
tramas de Manuel Rivas trasciende lo puramente anecdótico (como le solía
ocurrir a Cela) o lo mítico (tal y como se respiraba en Cunqueiro); él alcanza
la autenticidad porque los hechos y las voces se encajan en el marco social y
en el tiempo con total coherencia, y eso es algo que el lector siempre va a
agradecer.
Tradición oral
En las
novelas de Rivas hay frescura, hay actualidad, hay incluso inmediatez, y nada
de ello debe estar reñido con un lenguaje de embrujo, que nos recuerda incluso
la oralidad, que nos hace creer que tenemos a un Dombodán junto a nuestra
oreja, respondiendo con esa parquedad suya que siempre pone en cada respuesta.
Esa oralidad llega de la mano de todos los personajes a quienes se les concede
voz, porque es justo que tengan su hueco y así perfilen sus personalidades.
La
trata de personas, la tiranía rural, el abandono que sufren muchos pueblos, las
familias mal avenidas o condenadas a buscar la supervivencia entre el pasto y
las vacas, o la fariña en las planeadoras, son otros de los temas presentes en
unas páginas que Manuel Rivas ha cuidado con ese mismo esmero con el que dedica
siempre sus libros.
No
hay, ya se ha mencionado, tanta intención negra en el autor, y sí el propósito
de mostrar la vida en un cosmos complejo, a ratos diríase que incluso maldito.
Hay una pulsión de resistencia, de resiliencia cuando alguien regresa de su
exilio, y es que en el fondo los personajes de Rivas son un puñado de espíritus
buscando construir una realidad lo menos imperfecta posible, de otra manera no
habrían sido dignos de salir de una pluma que con cada obra se vuelve más
brillantemente reconocible.
DETRÁS
DEL CIELO. Manuel
Rivas
Alfaguara. 218
páginas.
https://www.laverdad.es/ababol/libros/detras-cielo-punado-espiritus-20250215075615-nt.html
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