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viernes, 19 de junio de 2020

METRÓPOLIS - EL REGALO


EL REGALO

Para Antonio Sambrana

     A Hélène hace tiempo que ya no la miran en el pueblo por fumar en la calle. Cuando llegó de la ciudad sí, no le quitaban el ojo de la censura de encima. La maestra fumando, ¡dónde se había visto aquello! El tiempo hace costumbre de lo extraordinario y eso ayuda a que esta tarde nadie perciba su inquietud, mientras aguarda nerviosa a la puerta de la escuela, girando entre sus dedos aquel objeto delator.

    Fue el pequeño Pierre quien se lo dio, lo encontró al pie de aquel árbol y allí se desató de nuevo el infierno, cuando ella levantó la vista y se encontró con el cadáver de aquella mujer, la segunda que moría asesinada, porque ya no había duda aluna, tenían entre ellos a un criminal.

   Se lo quitó de las manos al pequeño y palideció, porque apenas tardó unos segundos en reconocerlo, evocando en el mismo instante la tarde que fue a comprarlo donde el señor Gallimard, con la ilusión del regalo, con la esperanza de estrechar unos lazos que las noches anteriores las pesadillas de Popaul habían amenazado con romper.

   Los recuerdos de Argelia e Indochina se clavaron en su conciencia como si ella misma los hubiera vivido, y sólo pudo abrazarle mientras convulsionaba entre fríos sudores. Nadie le preguntó por aquellos tiempos cuando él volvió para hacerse cargo del negocio familiar, le siguieron comprando la carne como antes se la compraron al padre, sin alterar más el orden natural de las cosas. El mismo orden que aquel objeto había hecho ahora saltar por los aires.

  Va cayendo la tarde y ella sigue aguardando, como el náufrago que en su día abandonó su mundo urbano para entregarse al salvavidas de aquella pequeña escuela. En el fondo los dos son supervivientes en un océano de calma que ahora se muestra tan engañoso, desde que aquel niño le tendiera la mano para entregarle aquel encendedor, el mismo que ella le regaló.

  Hélène da pequeños pasos, a un lado y a otro de la entrada de la escuela. Desea verle casi tanto como que no aparezca. Esas dos mujeres muertas se balancean ahora sobre su conciencia, sobre lo que quiere y no quiere conocer. Popaul dobla la esquina y se dirige hacia ella, en unos momentos ya no habrá velos para ninguno de ellos. Él camina con las manos en los bolsillos y ella no acaba de saber en cuál de los dos guardará la navaja.



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