
(LA VERDAD, "ABABOL", 30/01/2016)
ANTONIO PARRA SANZ (Madrid 1965), escritor y crítico literario. Novelas: Ojos de fuego, La mano de Midas (Premio Libro Murciano 2015), Los muertos de las guerras tienen los pies descalzos; Acabo de matar a mi editor, Dos cuarenta y nueve y Entre amigos (Serie Sonia Ruiz 6). Relatos: Desencuentros, El sueño de Tántalo, Polos opuestos, Cuentos suspensivos, Malas artes, Gomes y Cía, Cartagena sangrienta. Artículos: La linterna mágica, Butaca de patio. Ensayo: Tres heridas.
Hay
familias dominadas por los secretos más inconfesables, dirigidas por un miembro
que antepone el buen nombre y la reputación a todo lo imaginable, y dedicadas a
fagocitar a los hijos hasta el punto de anularlos para mantener el valor de la
estirpe. Ésta es la familia de la joven María del Pilar González de Ayala, un
clan pudiente del madrileño barrio de Salamanca, triunfador de la guerra, con
nombre y rango social, pero generadora de una atmósfera asfixiante de la que la
hija pequeña no tendrá más remedio que huir.
Regresa
Ada Levy en una segunda entrega en la que la joven detective ya se ha
convertido oficialmente en tal, y en la que todavía anda a mitad de camino
entre un nuevo caso y las secuelas que le dejó el anterior. Clara Peñalver mantiene
el mismo formato del estreno del personaje, es decir, la redacción de un texto
que Ada crea por consejo de su
psicóloga, una gran herramienta para que la trama llegue a los lectores de la
mano de una primera persona directa, sin tapujos ni pelos en la lengua.
Cada una ha tenido su dificultad.
Ciudad Humana, porque era la primera vez que escribía algo tan largo. CH2:
CAOS, porque tenía que desarrollar el grueso de la historia, poner los puntos
clave, y sobre todo, demostrarme a mi mismo que había mejorado. CH: GUERRA,
porque era el final, tenía que cuadrarlo todo y dejar la historia cerrada y sin
flecos, y me supuso más de una docena de relecturas de CH1 y 2. Supongo que si
tengo que mojarme, diría que GUERRA.
7) En
sus novelas hay tres personajes que sobresalen por encima de los demás, ¿cuál
de ellos es su preferido?
Que
un joven de dieciséis años sea capaz de escribir una novela resulta poco menos
que una osadía, pero ya que esa novela tenga calidad casi roza lo increíble, si
además se tiene la oportunidad de conversar con su autor y comprobar lo bien amueblada
que tiene la cabeza, y el tino con el que es capaz de hablar de literatura,
estamos ante un fenómeno que no suele ser nada habitual.
Cuando
un poeta se viste con el disfraz de maldito, o de golfo, termina por notársele,
y eso es más o menos lo que le ocurre a Carlos Salem, novelista transgresor que
lleva en su interior al más delicado de los poetas. Sólo así pueden explicarse
pasajes de esta novela, cuando el eficaz y despiadado Número Tres, en su otra
vida el anodino Juanito Pérez, acepta un “pedido” de la Empresa para quitar en
medio a alguien y se encuentra con la sorpresa de que su mejor amigo y su ex mujer
andan enredados en el asunto.

Quinta
entrega de este detective sin nombre que tanto popularizase Eduardo Mendoza en
títulos tan señeros como El laberinto de
las aceitunas o El misterio de la
cripta embrujada, y que tantos buenos ratos ha hecho pasar a varias generaciones
de lectores, convirtiéndolos en fieles “mendocistas”. Quinta ocasión en la que
nuestro hombre sale de su retiro frenopático dispuesto a sembrar el caos y una
buena pizca de pánico a la hora de solucionar un nuevo caso, en esta ocasión la
muerte en extrañas circunstancias de una modelo barcelonesa. Por cierto, que alguien
tendrá que explicar algún día el porqué de la expresión “extrañas
circunstancias”, y si hay forma de que alguien se muera en circunstancias
familiares.
Las
cañas siempre se han caracterizado por sobrevivir casi en cualquier entorno,
resistir los embates del viento y alimentarse del lodo más inmundo, fagocitando
todo lo que crece a su alrededor, de ahí que Juanjo Braulio las utilice como
referente metafórico de los que gobiernan en todo momento porque poseen el
poder, el dinero, los mismos que se adueñaron de Valencia a golpe de ladrillo y
billetera. La propia ciudad, cuna de una de las mayores corrupciones del país,
aparece como un inmenso pantano cuyos efluvios asquean al más pintado.
En Getafe, una docena de personas
asistimos a la presentación de dos novelas. Sus autores conversan entre sí,
cruzan preguntas mientras los transeúntes siguen su camino por la Plaza de la
Cibelina, los niños con sus prisas y carreras, los jóvenes con sus peinados y
sus ignorancias. Y en mitad del trasiego, un hombre cano, rozando la setentena,
acude presuroso hasta un banco, se sienta y enciende un pequeño puro, con la
determinación de lo clandestino, de transgredir prohibiciones médicas y cuerdas.
Se lo va fumando con tanta calma como delectación, y entonces el mundo parece
detenerse a su alrededor, porque en ese momento él es el símbolo máximo de la
libertad.
Hace
ya bastante tiempo que Claudio Cerdán tiene, sin duda, una mano especial para
crear personajes tan broncos como atrayentes e inolvidables, y ha vuelto a
hacerlo en esta novela con el Perrolobo, un hombre agrietado y solitario que
sale del talego tras unos cuantos años de guardar silencio sobre la identidad
de su jefe, y después de que le hubieran encerrado gracias a un guardia civil
descompuesto (llamarle corrupto sería quedarse corto) y a los miembros de una
familia que poco a poco sólo podrán recordarse leyendo el libro que los
acreditaba como tal.
Ésta es una historia de amor. Tal
cual, así reza la contraportada de la novela. Lorenzo Silva avisa a navegantes
y lectores para que nadie se llame a engaño, y la promesa queda más que
cumplida en cuanto empezamos a percibir esa primera persona poderosa, esa voz
profunda de Mónica dispuesta a contarnos su historia y la de Ramón, dos seres muy
baqueteados por la vida, fugitivos ya de la juventud, uno más que otra, que se
encuentran una noche y deciden darle una nueva oportunidad a sus destinos.