ANTONIO PARRA SANZ (Madrid 1965), escritor y crítico literario. Novelas: Ojos de fuego, La mano de Midas (Premio Libro Murciano 2015), Los muertos de las guerras tienen los pies descalzos; Acabo de matar a mi editor, Dos cuarenta y nueve y Entre amigos (Serie Sonia Ruiz 6). Relatos: Desencuentros, El sueño de Tántalo, Polos opuestos, Cuentos suspensivos, Malas artes, Gomes y Cía, Cartagena sangrienta. Artículos: La linterna mágica, Butaca de patio. Ensayo: Tres heridas.
Ha
finiquitado Francisco Marín su trilogía negra con una trama que arranca
partiendo de un crimen real ocurrido en Ibiza hace unos cuantos años, y lo ha
hecho con una novela en la que el peso de la investigación ha recaído en su
álter ego, también escritor y con su mismo nombre, mostrando al lector que
conoce las pautas de una buena investigación, y que sabe manejarse en las
mismas.
Esta
vez el abogado Raúl Ballesteros y el detective Álex Zarco, los otros dos lados
del triángulo protagónico de la serie, dan un paso a un lado para que sea el
escritor quien se haga el verdadero protagonista, sacando a la luz los errores
cometidos en su día en la investigación policial, y formulando las diferentes
hipótesis sobre la autoría del crimen, incluso realizando entrevistas a
numerosos testigos, uno de los cuales incidirá directamente en su existencia.
De
los sospechosos, eso sí, se encarga Zarco, que le da cumplida cuenta mediante
las correspondientes grabaciones, así que los lectores contemplamos íntegro el
fresco de posibilidades en cuanto a la autoría del crimen. Con un aire más
detectivesco que nunca, el autor castreño afincado en Ibiza se ha soltado aún
más en las aguas del género negro, por eso sorprende haberle oído decir que
ahora quiere cambiar de registro.
Esperemos
que sea un alejamiento temporal, porque los fieles de su personaje, y me consta
que no somos pocos, seguiremos aguardando alguna trama ibicenca más de ese
trasunto escritor detectivesco.
Filtrar la
realidad a través de unos versos es un privilegio al alcance de unos pocos
elegidos, aquellas personas dispuestas a ver el mundo con una mirada especial.
Así lo hace Ana Pérez Cañamares, y así lo lleva haciendo media vida a juzgar
por sus numerosos poemarios.
En
esta ocasión, ese balance al que se refiere el título arranca con una primera
parte que se extiende durante casi todo el volumen, “Mapas”, y que se nos
presenta bajo los epígrafes de los cuatro puntos cardinales, cuatro decisiones
que marcan el camino de la autora en momentos clave de un viaje que es común al
ser humano, lleno de satisfacciones, amarguras, naufragios, silencios, amores y
tristezas.
En
suma, un viaje que nos hace sentirnos vivos, dándonos siempre las dos caras de
una moneda que a veces hemos de lanzar al aire suspirando para que caiga del
lado que deseamos. Esto, que para otros autores puede convertirse en algo
parecido a un calvario, lo resuelve Ana Pérez Cañamares con unos versos
sentidos y profundos, pero sin caer en los enigmas indescifrables, sino
invitando al lector a compartir esas imágenes que nos lleven a sentir tanto
como a reflexionar.
Como
colofón, el último bloque de poemas, titulado “Tesoros”, es seguramente el más
íntimo, el que recoge la mirada de la autora hacia sus padres, hacia el pasado
compartido con ellos, hacia la nostalgia y los recuerdos que también forman
parte de nosotros, que también nos han hecho ser quienes somos. Versos, sin
duda, para que todos sumemos.
Cuando
un fotógrafo se enamora de un continente corre el riesgo de no ser saber
distinguir entre la realidad y lo que le atrae de él, y eso podría condicionar
sus imágenes, pero si se tiene el ojo de Xavier Aldekoa, y su capacidad
analítica, ese miedo deja de existir, y así lo demuestra en este volumen, que
recoge unos cuantos de los viajes que el reportero ha realizado por el
continente africano.
Un
continente que tiene un atractivo singular, él no ha sido el primero en quedar atrapado
por ese magnetismo, y seguramente no será tampoco el último, y un continente
que tiene muchísimo que ofrecer, sobre todo si los occidentales queremos asumir
que ya son muchas décadas las que llevamos dándole la espalda.
Epidemias,
guerras, miseria, mutilaciones, expolios, niños soldado, integrismo, falta de
progreso, la lista de temas abarcados por Aldekoa en este libro podría ser muy
larga, sin olvidar, por supuesto, la odisea de la migración y el florecimiento
de las mafias alrededor de un fenómeno que hace ya algún tiempo que es algo más
que una cuestión de supervivencia.
Como
europeos, deberíamos leer un libro que nos haga reflexionar sobre lo que
verdaderamente tiene que ser la igualdad, pero también para aprender de las
múltiples enseñanzas que el habitante africano puede darnos, en cuanto a
hospitalidad, sencillez, generosidad, sacrificio, y en definitiva a la hora de
encarar la vida, dándole importancia a lo que de verdad la tiene, y sin
refugiarnos en naderías, como acostumbramos a hacer por estos lares.
Alicia mira la botella con tanta prevención como deseo,
se siente sola. A pesar de las preocupaciones de los demás para que se recupere
del todo, ha empezado a sentirse abandonada. Y es entonces cuando vierte los
seis centilitros de ginebra en la coctelera, al menos el sonido del líquido al
caer le hace algo de compañía.
Mira de reojo el retrato de su padre, al que arrastraron
por el lodo, y cree que ya es tarde para intentar limpiar el apellido Huber.
Tampoco se detiene ahora a valorar qué viejas conexiones ha despertado en su
memoria el aroma de enebro, tan solo aprieta el limón hasta derramar su
amargura con un chorro translúcido, tanto como el aire de aquella terraza en
Brasil, cuando los besos eran casi eternos.
Todo se puede paliar, el azúcar hará su labor, aunque
sólo sea media cucharilla. A lo que no tiene acceso es a la suavidad de la
clara de huevo, como tampoco hay manera de dulcificar la ausencia que Devlin le
ha dejado en los últimos días.
Él sí ha podido volver a trabajar, volver a salvar la
democracia, sin preocuparse de cómo se queda ella en aquel piso extraño que
ninguno de los dos ha terminado de hacer suyo todavía. Los nueve centilitros de
soda espumean en la coctelera, agitándose con una alegría importada, con la misma
celeridad con la que a ella le mecieron en el pasado otros modales exquisitos.
Prescinde de la guinda y vierte el contenido en la copa,
contemplando cómo baña el hielo picado. Sabe que no debería volver a beber pero
la mañana ha avanzado con crueldad y ya es el tercer gin fizz que se ha
preparado.
Sin dejar de observar el magnetismo de la baquelita del
teléfono aguarda, pero sus labios se adelantan y se posan en el frío eléctrico
de la copa. Apura la mitad de ella y consiente en que el embrujo del alcohol
termine de colonizar su consciencia. Sin querer ha vuelto a las brumas de
aquella otra casa, a escuchar cómo Álex Sebastian le susurraba al oído que todo
estaba bien, que no pasaba nada.
Una voz que reverbera desde la copa y que ella hubiera
preferido no resucitar.
Perros con placa de Mario de la Rosa por Antonio Parra
Título
Perros con placa
Datos publicación
Libros Indie. Cantabria 2020. 312 págs.
Autor
Mario de la Rosa (Madrid, 1975) es actor y escritor. Como actor ha participado en numerosas producciones nacionales, destacando en títulos como: La casa de papel, de Netflix, o Conquistadores Adventum, de Movistar+. Entre las producciones internacionales en las que ha participado se encuentran: The Nigth Manager, de BBC, Hellboy, de Neli Marshall, o Wild Oast, de Andy Tenant.
Como escritor empezó poniendo letra a canciones que se tornaron en poesías y éstas en narrativa. También ha escritor guiones. Perros con placa es su primera novela, nacida de uno de ellos.
Sinopsis de la obra
El inspector Caballero está al mando de un grupo de la policía judicial que opera contra el narcotráfico. Inmerso en una importante operación —la detención de una banda del crimen organizado llamada Los Mastines— y lastrado por un pasado con estigmas imborrables, tendrá que emplearse a fondo para luchar en los numerosos frentes que tiene abiertos. ¿Puede combatirse la violencia con más violencia?… Su carrera, su libertad y su vida están en juego, y para Caballero “el fin siempre justifica los medios”. Perros con placa habla de la huida hacia adelante, improvisada y violenta, que va marcando el paso del inspector. Todo lo que toca se corrompe, pero ya no hay manera de volver atrás, el vértigo y la ansiedad lo acompañan de cerca. Al ritmo del rap más crudo vamos conformando un puzzle donde no sobra ninguna pieza, la causalidad imperando siempre sobre la casualidad.
Barrios, extrarradio y ciudades dormitorio conviven convulsamente con un Madrid céntrico de caché y cuna, conformando un tablero latente que evoluciona de manera discurrente como lo hacen los personajes de esta novela. La capital se presenta como una jungla de asfalto en la que los instintos animales de cada uno terminan por imponerse a la racionalidad. Todos se comportan como perros callejeros cuando son llevados al límite, aunque algunos de ellos se parapeten tras una placa.
Reseña
Ensuciarse las manos
Volver a los orígenes del género, revolcarse en el lodo de la corrupción, pasear los lados más oscuros de la realidad, en definitiva, ensuciarse bien las manos es lo que hace Mario de la Rosa en esta novela en la que un grupo de la policía judicial que lucha contra el narcotráfico ha de enfrentarse a la banda de Los Mastines
Al frente de ese grupo están el comisario Rochina y el inspector Caballero, dos perfiles complejos y llenos de aristas, acostumbrados a lo más duro del oficio, y que llevan ya juntos unos cuantos años. Frente a ellos, un líder también con carisma, El Gran Can, a quien nadie logra identificar, y que mueve los hilos de la organización atento a lidiar tanto con sus subordinados como con los miembros de otros grupos que intentarán usurparles el terreno.
Los hechos de esta novela sólo admiten un código: el de la violencia, y a ese código tendrán que aferrarse también los agentes del orden, viviendo esa tensión continua y poniendo sus vidas permanentemente en el alero. Hay sexo, muerte, luchas de barrio, un Madrid hostil en el que cualquiera puede caer a la vuelta de una esquina o por una mala confidencia, y un ambiente de perpetua desconfianza que hará al lector sentir de primera mano a qué huele la adrenalina del peligro y la muerte.
Mario de la Rosa se suelta con un lenguaje duro, con un ritmo a veces febril aunque deje algún pequeño resquicio para el recuerdo, y sobre todo con una potente determinación que hará que los cercos, los varios cercos que se dan en la novela, vayan estrechándose sin remisión, amenazando con cortarle la respiración a más de un lector.
El mal de Corcira de Lorenzo Silva por Antonio Parra
Fotografía: Aniol Resclosa
Título
El mal de Corcira
Datos publicación
Editorial Destino. Barcelona 2020. 544 págs.
Autor
Lorenzo Silva (Madrid, 1966) ha escrito, entre otras, las novelas La flaqueza del bolchevique (finalista del Premio Nadal 1997), Noviembre sin violetas, La sustancia interior, El urinario, El ángel oculto, El nombre de los nuestros, Carta blanca (Premio Primavera 2004), Niños feroces, Música para feos y Recordarán tu nombre. En 2006 publicó junto a Luis Miguel Francisco Y al final, la guerra, un libro-reportaje sobre la intervención de las tropas españolas en Irak y en 2010 Sereno en el peligro. La aventura histórica de la Guardia Civil (Premio Algaba de Ensayo). Además, es autor de la serie policíaca protagonizada por los investigadores de la Guardia Civil Bevilacqua y Chamorro. Con uno de sus títulos, El alquimista impaciente, ganó el Premio Nadal 2000 y con otro, La marca del meridiano, el Premio Planeta 2012. Desde 2010 es guardia civil honorario.
Sinopsis de la obra
Un varón de mediana edad aparece desnudo y brutalmente asesinado en una solitaria playa de Formentera. Según varios testimonios recogidos por la Guardia Civil de las islas, en los días previos se le había visto en compañía de distintos jóvenes en locales de ambiente gay de Ibiza. Cuando sus jefes llaman a Bevilacqua para que se ocupe de la investigación y le informan de la peculiaridad del muerto, un ciudadano vasco condenado en su día por colaboración con ETA, el subteniente comprenderá que no es un caso más.
Para tratar de esclarecer el crimen, y después de indagar sobre el terreno, Bevilacqua tendrá que trasladarse con su equipo a Guipúzcoa, el lugar de residencia del difunto, a una zona que conoce bien por su implicación casi treinta años atrás en la lucha antiterrorista.
Allí deberá vencer la desconfianza del entorno de la víctima y, sobre todo, lidiar con sus propios fantasmas del pasado, con lo que hizo y lo que dejó de hacer en una «guerra» entre conciudadanos, como la que veinticinco siglos atrás hubo en Corcira —hoy Corfú— y que Tucídides describió en toda su crudeza. Esos fantasmas le conducirán a una incómoda pregunta que como ser humano y como investigador criminal le concierne inexcusablemente: ¿en qué medida nos conforma aquello contra lo que luchamos?
Reseña
Volver
Puede que no con la frente marchita, pero sí con alguna que otra nieve plateada en la sien, así regresa Bevilacqua en esta décimo segunda entrega de la serie, y lo decimos en singular porque Lorenzo Silva, sabedor de lo que se le venía encima a su personaje, le concede a Chamorro un pequeño descanso, motivado por un tiroteo durante un asalto. Como lector, uno se previene ante la ausencia de Virginia, pero el autor madrileño nos tranquiliza enseguida, y es que hay un viaje en el tiempo que al subteniente le corresponde hacer en solitario.
¿Hablamos de memoria? No estrictamente, hablamos de dos tramas muy bien imbricadas, y de una que dará entrada a la otra. A saber, la muerte de un hombre en Formentera, apaleado en lo que parece responder a un asunto sexual, llevará hasta allí a Bevilacqua, claro que para justificar el viaje, y la intrusión en otra casa que no es la suya, hay que atender a la identidad del finado: un antiguo colaborador de ETA.
Y esas tres letras dan paso a la segunda de las tramas, o lo que es lo mismo, reactivarán la memoria de Vila y de sus tiempos pasados en el País Vasco, durante los años del plomo, durante una época en la que ser de la benemérita suponía llevar una diana en la espalda y padecer no sólo el miedo, sino también el desprecio de gran parte de la población vasca.
Ése es el viaje que Bevilacqua ha de realizar en soledad, porque el lector necesita también esa intimidad, precisa conocer los motivos que llevaron al joven Rubén a solicitar aquel destino, cuando todo el que podía salía huyendo de allí, a habitar en Intxaurrondo, con lo que ese nombre ha significado para nuestra historia reciente, e incluso a intentar infiltrarse en los entornos más hostiles del terrorismo abertzale. Eso sí, Lorenzo Silva se muestra atemperado, no hay ningún proselitismo salvo la intención de llamar a las cosas por su nombre, algo que tampoco es fácil al hablar de una cuestión que todavía supura en la memoria española.
Con una sabia alternancia de capítulos, hace frente también a la investigación del homicidio, y junto a Arnau, que es quien le acompaña durante dos tercios de la novela, vemos al Vila de siempre, escrupuloso, detallista con los pies ajenos que no quiere pisar, algo rebelde con sus mandos hasta donde puede serlo, y empecinado por encontrar la verdad, casi tanto como a la hora de asegurarse de que no sea la mentira la que triunfe.
En mitad de esos vaivenes que le traen los recuerdos, hay reflexiones, claro, sobre la justicia, la verdad, los años, la familia (sorprende ver cuán distintos están resultando Bevilacqua padre y su vástago, ya metido de lleno en la empresa), la soledad, la amistad y quién sabe si sobre algo más.
Hay quienes afean el hecho de que una novela negra tenga quinientas páginas, defendiendo que las tramas deben ser más escuetas, yendo siempre al grano, pues bien, aquí no sólo no sobra una sola página, sino que incluso podemos echar en falta alguna más, porque ese viaje al pasado, con sus dolores y certezas, nos ancla al libro y al propio personaje, completando un poco el círculo de lo que necesitábamos saber todavía de Bevilacqua.
Son
muchas las historias de barcos que han inspirado grandes novelas a lo largo de
distintas épocas de la literatura. Adaptar una de ellas al público juvenil, en
los tiempos que corren, es un acto de gran valentía, la que demostró Paloma
González Rubio al pergeñar una novela que le llevó a obtener el premio Alandar
2019, y en la que las vidas de Inés y Miguel, instaladas en lo que podríamos
considerar lo convencionalmente estable, se verán sacudidas por la aparición de
un joven que vive precisamente alejado de todo lo convencional.
Los
orígenes de la trama de João, centrada en ese adolescente que vive con
su madre en el velero Meltemi, apartado siempre de tierra firme, se sitúan en
un caso real que la autora presenció en las islas Baleares mientras navegaba
con su familia en su barco. En Ibiza conoció a una mujer que huía de cada
puerto para que no escolarizaran a su hijo, un niño de cuatro años que se movía
como un acróbata por la cubierta. Esa historia caló tan hondo en su memoria que
poco a poco se fue convirtiendo en literatura.
La
creación de este personaje supone todo un homenaje a los héroes románticos de
las grandes novelas de aventuras, de ahí que todavía sea capaz de alcanzar gran
trascendencia entre los lectores adolescentes, quienes comprobarán, de su mano,
que la libertad absoluta exige un pago muy alto, en comparación con la
servidumbre que nos puede exigir la vida en tierra, la vida siguiendo a toda
costa las normas establecidas. Es decir, que vivir como Joao supone estar permanentemente
en riesgo, y ahí puede radicar precisamente uno de los atractivos del texto, en
ese mensaje.
De
fondo, la autora toca también otros temas que no pasan desapercibidos para un
ojo adulto, y deja entrever de qué manera la sombra de ciertas situaciones
peligrosas, ya sean sociales o sentimentales, puede terminar condicionando
también la vida de los más jóvenes. Una novela deliciosa cuya lectura le pasará en un vuelo a quien sucumba a la atracción de subirse a bordo del Meltemi.
Abigail fuma un John Player extra largo en la ventana de
su despacho, un poco voluptuosa por la transgresión. Mira el finísimo cilindro
y busca en él los últimos resquicios de su vida anterior, en Las Vegas, de los
hoteles de lujo que dirigir con esa mano firme que ella gustaba de enfundar
siempre en un guante de seda.
El humo y ese sabor casi mentolado es lo único que le
queda de los últimos dos años, eso y los labios de aquel joven engendro, Lenny
Pepperidge, o Linus cómo demonios se apellidara, que la engañó llevándose por
delante todo su futuro.
Ha pasado muchas noches sola, demasiadas, recordando una
y otra vez aquella botella de Cristal, aquel sofá tentador y el estruendo de la
puerta cuando el FBI irrumpió en su habitación para librarle de aquella
tortuosa perdición, al tiempo que le echaban a la cara su enfermiza efebofilia.
Ahora ya no queda nada ni del sueldo, ni del glamur, ni
del poder, al menos de aquel poder superior con el que lúbricamente tocaba la
cima de la ciudad más perturbadora de América.
Hay que saber perder, o dar cuatro pasos atrás, aunque
las palabras de aquel Linus sigan resonando en sus oídos, y algunas noches
incluso en su vientre. Todo se puede recuperar, el tiempo no ha sido un enemigo
tan terrible, sus pechos, siempre recoletos y un tanto púberes, no van a
sucumbir a las inclemencias de la gravedad, y eso alimenta su orgullo de nuevo.
Prende un nuevo extra largo y mira su nueva obra, aquel
centro de rehabilitación de jóvenes que se ha hecho un nombre en Fresno, por su
eficiencia y el alto número de internos rehabilitados. A fin de cuentas no se
está tan mal, ni tan lejos de La Vegas.
- Señorita Sponder, llegan los nuevos.
Apaga el cigarrillo mientras una tenue sonrisa regresa a
sus labios y se recoloca ante el espejo el discreto pero encantador escote.
¿Qué
ocurre cuando uno decide abrirse al mundo y mostrarse tal cual es por internet?
Peligro, es quizá la primera palabra que nos saldría al paso, prevención la
segunda, si logramos refrenarnos un poco, y libertad sería ya la tercera, sobre
todo si quien toma esa decisión lleva toda su vida asumiendo que su identidad,
la que en verdad siente, no es la que le ha otorgado la naturaleza.
Con
una mano sutil, Eva Mejuto hace que Álex ocupe el lugar de Ánxela, o que asuma
por fin que ése es su destino y todo lo demás un accidente. Esto, que dicho así
puede sonar muy fácil, topa con un mundo que es mucho más injusto de lo que la
corrección política hace creer, y en el que aceptar al diferente se convierte
en una odisea de cuyos obstáculos no terminamos de vernos libres.
Álex
es como es y se ha mostrado siempre así, con toda la autenticidad de un ser
humano fuerte, capaz de luchar por su identidad, y el mejor mérito de esta
novela es no escatimar dificultades, no pintarlo todo con la positividad de un
arcoíris, sino enfrentar al lector con nuestra propia realidad, la que quizá
nos asuste hasta que alguien como el abuelo marinero de Álex tira la puerta
abajo con el demoledor uso de la cordura.
La
madre y Ana, amiga de Álex, son los otros pilares que sustentarán el proceso de
transición que el protagonista debe superar, y a cuyo inicio le abandonamos,
quizá porque en esos veintidós capítulos ya hemos vivido lo que en principio
importaba, la decisión de aceptarse como uno es, y no como los demás o los
cánones pretenden que seamos. Quizá sea pretencioso hablar de lecciones
vitales, pero el lector reflexionará sobre lo sencilla que podríamos hacer de
vez en cuando la vida, eso seguro.
Danielle se tumba en la cama abrazando el retrato sobre
su pecho, sin necesidad de mirar cómo los reflejos dorados lo van
engrandeciendo. No necesita verlo, solo sentirlo en su pecho, como tantas veces
la sintió a ella en soledad, incansable, haciendo de la fidelidad la mayor de
las virtudes.
Ahora ya casi no le duele, a pesar del último golpe, a
pesar de la repentina e innecesaria aparición de su cuerpo, como si eso pudiera
borrar la huella de su espíritu, la omnipresencia de la belleza en todos los
rincones de aquella casa, en todos los pliegues del tiempo.
Ya no necesita hurtarle el perdón al señor por haber
traído a la nueva, manchando así la memoria que nunca se podría manchar. Qué
lejos estaba la una de la otra, qué lejos la vulgaridad de la clase, y qué ciegos
todos para fingir que no se daban cuenta. Como si a la señora hubiera podido
superarle alguien, como si la lealtad se pudiera alquilar.
Cuánto debió de revolverse ella al ver los vanos intentos
de cambiar las cosas, cuando la perfección es inmutable, y con qué fingida
inocencia intentaba la otra ganarse una confianza imposible.
Acaricia el retrato sin parar buscando la coincidencia
con la seda, con aquel cabello que cepillaba cada noche, morosa, ilusionada
solo con poder tocarlo, olerlo, orgullosa de prepararlo para que ella lo
luciera ante el mundo.
Con qué delicadeza la ayudaba a vestirse, con qué
devoción le puso aquel vestido que la inmortalizaría en el cuadro, el mismo que
luego la otra no supo cómo llenar, porque cuando una es inferior todo a su alrededor
se vulgariza.
Piensa por un instante que le hubiera gustado salvar el
cuadro, como un regalo postrero para el mundo, pero es una idea vana. Nadie,
nadie más que ella disfrutará de su recuerdo, nadie tendrá el privilegio de
haber conservado su amor. Por eso posa sus labios en el retrato mientras las
llamas van lamiendo golosas todos los muros de Manderley.
No quiero que te vayas, no todavía, tengo muchas cosas
que contarte, tengo muchas dudas que preguntarte, quiero que me veas en mi
trabajo, en el centro social, cuidando de los demás, haciendo lo correcto, lo
que siempre me decías que era lo lógico y yo no conseguí entender hasta aquel
verano.
Boo está aquí también, ha venido a verte, no quiere
hablar porque dice que no le vas a oír, pero yo sé que sí, sé que en algún
lugar, en algún rincón de esa cabeza privilegiada tuya puedes escucharnos y
saber que todo ha ido bien, que las cosas, por mucho que parezcan torcerse,
pueden enderezarse si uno quiere.
Jeremy viene de camino, tendrías que verle ahora, le han
hecho socio de uno de los mejores bufetes de Washington, terminó allí porque
allí es donde está ahora la cuna de la ley, aunque tú siempre pensabas que la
ley estaba donde hubiera una persona de bien. Me ha costado un poco convencerle
para que viniera ahora, porque dice que le quieren en el Congreso, pero no ha
dejado de llamar un solo día. Congresista Finch, ¿te imaginas?
Ya sabes que él no era como nosotros, siempre fue el más
pragmático de los tres, pero no tengas ninguna duda de que siempre se miró en
ti para llegar donde ha llegado. Yo estoy más que orgullosa, y Boo también, de
vez en cuando se pone al teléfono y le cuenta nuestras andanzas.
No, desde luego que no me he arrepentido de llevarme a
Boo a casa, cuando murieron los Radley lo vi claro, ya te lo dije, y ha sido
una de las mejores cosas que he hecho en mi vida, aunque a ti te preocupara que
me afectasen los comentarios de los demás. Éste sigue siendo el mismo pequeño
pueblo, pero eso nunca me importó, ya lo sabes.
Podrías apretarme un poco la mano, sólo un poquito, para
que yo sepa que sigues aquí, que no te has esfumado. Ayer vino Calpurnia, la
pobre, casi no puede andar pero se acercó a verte, aunque rompió a llorar y
tuve que sacarla de aquí para que no te entristeciera.
Necesito que aguantes un poco más, que te quedes conmigo,
Atticus, para que el verano que se avecina sea otra vez como los de siempre.
Hay
varias maneras de homenajear a un clásico, la académica, consistente en
pergeñar un sesudo y técnico estudio, y la literaria, en cuyo caso entra en
juego la inquietud creadora, o recreadora, del autor. A este segundo caso
pertenece la novela de Elia Barceló, con la salvedad de que ella no se limita a
un simple homenaje, sino que va varios pasos más allá, como buena autora
curiosa y aficionada al terror que es.
¿En qué
consisten estos pasos? Pues en recorrer un camino paralelo al que en su momento
transitaría Mary Shelley, paralelo en todos los sentidos, tanto argumental como
temporalmente, porque a las primeras de cambio nos encontramos con una puerta
interdimensional, o mejor dicho, una puerta temporal a través de la cual un
joven y desorientado Max ha llegado a Ingolstadt en el presente de Nora,
conmocionándolo y amenazando con poner la existencia de la joven patas arriba.
Ciudad que, como recodarán los lectores más avezados, es aquella en la que
cierto doctor realizó sus experimentos destinados a recrear la vida.
Estamos ante
una novela juvenil de las buenas, de las que desafían al lector sin mimos, sino
cogiéndole de la pechera, a pesar de su juventud, y llevándole hasta otro
tiempo, un tiempo en el que abundaban las logias, los antiguos regímenes
amagaban con caer y los científicos más atrevidos se entregaban a la
experimentación con cadáveres.
A ese tiempo
accederá Nora, y vivirá los consabidos contrastes pero también le pondrá a esa
época la pimienta de una mujer rebelde, rebelde entonces pero siempre con la
cabeza muy bien amueblada. Ella y Max nos harán vivir una trama intensa que
conecta desde el inicio con la figura de Frankenstein, y que va a ir regalando
al lector una sorpresa tras otra, pero siempre con un tono y una calidad literaria
de muchos quilates. Y agárrense los lectores al llegar al desenlace. Hermosa y
brillante novela.
Federico García Lorca (Fuente Vaqueros 1898 – Granada 1936). Poeta y dramaturgo, pasó los primeros años de su infancia en su pequeño pueblo granadino antes de marchar a Granada para estudiar en la Universidad. Allí conoció a Manuel de Falla, personaje que ejerció gran influencia sobre él, transmitiéndole el amor por el folclore y lo popular. Años más tarde, se trasladó a la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde se dedicó con pasión a la música, el dibujo, el teatro y la poesía. Su obra se caracterizó por poseer un lenguaje personal, inconfundible, que residió en la asimilación de elementos y formas populares combinados con audaces metáforas, y con una estilización propia de las formas de poesía pura con que se etiquetó a su generación.
Sinopsis de la obra
Tras la muerte del segundo marido de Bernarda Alba, la casa familiar se va a sumir en un luto de ocho años del que solo se saldrá para el matrimonio de Angustias, la hija mayor, con Pepe el Romano. En medio de un ambiente asfixiante, de cárcel, calor y noches en vela, se van descubriendo otros secretos que guardan algunas de las hermanas Alba, y que amenazan con socavar la autoridad de la inflexible matriarca.
Reseña de La casa de Bernarda Alba
Menos es más
Con esta máxima podríamos haber galardonado la obra de Lorca de haberse escrito y estrenado ahora, y no es una razón exclusivamente literaria, sino más bien llena de connotaciones dramáticas, y que muestran bien a las claras la importancia que le otorgó al simbolismo en este drama, o la desnudez, tanto geográfica como emocional, con la que despojó en todo momento la escena de todo aquello que pudiera resultarle superfluo al espectador.
Un puñado de mujeres, unos sentimientos descontrolados, un encierro, poco más necesitó el autor granadino para armar una de las obras que se ha instalado ya por derecho en la galería de los clásicos de nuestra literatura. Y eso que no hay un tema grandilocuente, ni una ambientación ostentosa, ni siquiera unos personajes de alcurnia, pero en cambio hay alma, a raudales, en cada cuadro, en cada escena, casi diríamos que en cada parlamento, y eso, tratándose del teatro, es oro puro.
Podríamos seguir después deteniéndonos en el lenguaje, popular, sentencioso, lleno de dichos y refranes, vivo, lacerante, a ratos incluso vulgar, un español profundo de la más profunda de las Andalucías, pero brillante al tiempo que lleno de lirismo, incluso para la recriminación (“suavona, yeyo, espejo de tus tías”, llega a decirle Bernarda a una de sus hijas). Imaginemos ahora la conmoción que supondría para el espectador de ciudad, y de ciudad fina, escuchar estos diálogos. El más simple se había retorcido el colmillo pensando “ya está aquí nuestro Federico con las suyas”, pero un público más sensible habría reconocido, a las pocas escenas, sentirse erizado por lo que ese lenguaje ocultaba.
Con todo lo anterior, hablar de tiranías y libertades, o lo que es lo mismo, de Bernarda frente a Adela, habría sido para Lorca como mostrar sus interioridades, tal y como acostumbraba a hacer, y llevarlas en esta obra a unos extremos quizá más avanzados, los que auguraban un nuevo despegue de su carrera teatral, algo que por desgracia ya nunca podríamos comprobar.
Pero hasta esos conflictos, esas ansias de amor y libertad, se dosifican para el espectador tras las palabras, tras tres actos que en sí mismos son otras tres obras teatrales, tras lo que viene del exterior, llámense segadores o Pepe el Romano. Lorca armó un universo en el que esos planetas femeninos orbitan en torno a un sol (Bernarda) que ve tambalearse su imperio cuando Venus (nuestra Adela) le rompe en su rostro la vara del dominio. Lo demás, amor y muerte, hipocresía y envidias, pertenece a la esencia del ser humano, la misma que Federico caló siempre en sus obras con una mano delicada y certera.
El giro, el giro es lo más complicado, sobre todo si ha
de hacerse con una mano, porque la otra debe estar sujetando convenientemente
la cabeza del individuo. Hay que tener un pulso firme para que el trazo curvo
sea lo más fiel posible, y no se convierta en una serie de intentonas y
pespuntes que desluzcan el resultado final.
Además, debe hacerse de un tirón, como si fuera una
rúbrica, que al fin y al cabo es casi lo que es, la firma que ese desgraciado
habrá de llevar encima el resto de su vida, si es que logra pasarla aquí, si es
que no le deportan en una caja metálica cuando tengan que sacarle de la cárcel.
Se aparta unos centímetros sin soltar del todo la cabeza
y asiente medianamente satisfecho, no ha quedado del todo mal, una curva aceptable
a pesar de las circunstancias. Y es que todo ha cambiado mucho desde que lucha
sin uniforme, porque el enemigo tampoco los lleva. Jamás pensó que tendría más
dificultades para operar en su propio país de las que tuvo en Europa. Solo, sin
equipo y sin la pista del idioma, todo se complica mucho más.
Este conflicto no termina de ser el suyo, pero es lo que
le ha tocado, alguien tiene que hacerlo como alguien tuvo que hacerlo entonces,
pero encontrarlos aquí requiere ahora mucho más olfato que unos años atrás. Aun
así, no se puede quejar, ha dado ya con más de una treintena, y aunque sabe que
sus superiores – ya no queda algo mando alguno que pueda mostrarse magnánimo –
no aprueban su conducta, sabe también que se dedican a mirar hacia otro lado, porque
esta guerra fría no tiene los mismos códigos que tuvo la otra, ni siquiera a la
hora de romperlos.
Se esmera de nuevo y termina el astil con un trazo firme,
ya sólo queda lo más sencillo, pero hay que darse prisa antes de que la sangre
de la frente reclame lo que es suyo y le estorbe la siguiente línea. Una vez
que la hoz ha quedado grabada, llega el turno del martillo, mucho más simple y
solucionado con dos incisiones firmes, la vertical larga y la horizontal
pequeña, sin que haya que buscar más reconocimiento.
El exteniente Aldo Raine limpia su machete en la camisa
de su última obra, mientras sus ojos se extravían añorando la vieja Europa y la
simplicidad de aquel cruce de líneas rectas que le hacía tan fácil el grabado
de la esvástica.