lunes, 26 de abril de 2010

TRAMPANTOJOS


Sentado en el sillón. Tarde de domingo que descarga la primavera. El perro reclama su narcisista ración de caricias y me abstraigo rascándole la cabeza. Vuelvo la vista atrás y entre lo mucho que alguna vez imaginé nunca estuvo la posibilidad de tener animal alguno. Pero la vida siempre viene sin libro de instrucciones. A veces, mientras Amalia está con nuestro hijo en otra habitación, jugando o enseñándole matemáticas, los miro desde la distancia y me sorprendo de tener una familia, como si en vez de formar parte de ella estuviera espiando la vida de otro hombre por una ventana. Me gusta verlos sin que se den cuenta, pero en cuanto asoma el temor de que fuesen la familia de otro me entrego al impulso de acudir a abrazarlos.




6 comentarios:

Jose Lorente dijo...

Hay que entregarse siempre a ese impulso, sin temores ni sorpresas. Tienes (tienen, tenéis) una familia maravillosa.
Lo que escribes es admirable y te honra.
Un abrazo muy fuerte para todos, y unas caricias también para el perro.

Antonio Parra Sanz dijo...

Gracias por tus palabras, Jose. Un fuerte abrazo

Thornton dijo...

"Me arrellano en mi sillón, junto a la chimenea, con la copa de coñac en la mano derecha y la izquierda caída descuidadamente, acariciando la cabeza peluda de mi perro...hasta que recuerdo que no tengo perro"
Tu texto me ha gustado más que éste.
Un saludo.

Antonio Parra Sanz dijo...

De eso nada, Thornton, a mí me gusta el tuyo por la sorpresa del final, siempre me gustan los textos con guinda. Un saludo.

Isabel Martínez dijo...

Creo que has definido la felicidad sin darte cuenta, querido Antonio. Te lo digo en voz baja, para no espantarla, pues bien sabes que esa caprichosa suele desaparecer en el momento en que la nombras o la miras a los ojos.

Antonio Parra Sanz dijo...

Yo creo que sí, Isabel, que la felicidad ha de ser algo muy parecido a eso. Un beso y gracias, como siempre, por tus palabras