lunes, 4 de enero de 2010

TRAMPANTOJOS



Las tiendas orientales desprenden un aroma ácido, desabrido e intenso, un reclamo que puede percibirse desde la calle, un anzuelo de atención hacia el mundo occidental, para que traspase el umbral y llene sus pasillos atiborrados de objetos inútiles. Los mismos que entran y asaltan sus estanterías con la excusa de la economía son los que no hace tanto señalaban a los recién llegados como si vinieran a quitarles el pan y la sal. Ahora, en cambio, atestan las tiendas, se regodean toqueteando unos productos de origen y calidad inciertos, productos que vienen glaseados con un misterioso polvillo, una especie de cocaína de lo clandestino y la imitación, un polvillo que aún tarda unos cuantos lavados en escaparse de sus dedos.



2 comentarios:

Jose Lorente dijo...

Yo tengo una de estas tiendas en el barrio desde hace unos pocos años y me he convertido ya en asiduo. Es cierto lo que dices sobre la inutilidad y dudosa calidad de casi todo lo que venden, pero a mí me han sacado de más de un apurillo, y siempre con una amabilidad desmedida, mucho mayor que la del quiosquero de toda la vida que me sigue tratando con total indiferencia (por no decir desprecio) a pesar de haberme dejado en su negocio toda una fortuna.

Y por otro lado ¿no te parecen estos comercios el escenario ideal para desarrollar la trama de alguna novela negra? Me estoy imaginando a Gomes urgando entre cubiteras y pequeños budas siguiendo la pista de algún alijo.

Un abrazo muy fuerte.

Antonio Parra Sanz dijo...

Pues me das una gran idea, no sé si para la trama, pero sí para algún momento interesante de la misma. Gracias mil y un abrazo.