


ANTONIO PARRA SANZ (Madrid 1965), escritor y crítico literario. Novelas: Ojos de fuego, La mano de Midas (Premio Libro Murciano 2015), Los muertos de las guerras tienen los pies descalzos; Acabo de matar a mi editor, Dos cuarenta y nueve y Entre amigos (Serie Sonia Ruiz 6). Relatos: Desencuentros, El sueño de Tántalo, Polos opuestos, Cuentos suspensivos, Malas artes, Gomes y Cía, Cartagena sangrienta. Artículos: La linterna mágica, Butaca de patio. Ensayo: Tres heridas.




Ahora, claro, llegan los lamentos, el artista (joder, si esa cara es arte yo me declaro iconoclasta pero ya mismo) alega que ella veía de vez en cuando su obra en el espejo, y que sólo reclamó cuando el padre y el novio vieron la jeta estrellada; la víctima exige una indemnización de 13.000 dólares por el destrozo vital, aunque yo creo que ya iba destrozada mentalmente desde casa. Hasta han surgido ya psicólogos, ¡cómo no!, alegando que Kimberley es ahora un monstruo circense, como el artista, vamos, para que luego digan que los circos no asustan.


Podría parecer que la novela tiene una estructura ligera, casi de obra juvenil, pero Martín Casariego, que también cultiva la literatura de jóvenes, y que siempre sabe lo que se hace como escritor, logra que cada apartado vaya dejando en el lector su correspondiente poso informativo. Los antecedentes de los tres personajes van llegando en su momento, amparándose siempre en el uso que hace el autor de un lenguaje adecuado para cada personaje, adorable en el caso del pequeño Leandro, y enriquecen la lectura incluso cuando alguno de los tres empieza a coincidir con los demás, en ese momento los hilos van entretejiéndose, y los dolores de tres seres tan alejados en el tiempo casi se hacen uno.
No sólo hay en la trama acoso escolar, sino también descubrimiento de la vida, con todas sus aristas, miradas a un pasado que duele, pérdida y recuperación de la inocencia, y los dientes afilados de la discriminación idiomática que se empieza a vivir en centros vascos que también podrían ser catalanes o gallegos. Pero por encima de todo, Martín Casariego consigna los latidos de tres corazones que se entrecruzan, aunque quizá no con el suficiente ímpetu como para asimilar del todo dichos encuentros.
‘La jauría y la niebla’. Martín Casariego.
Algaida. 314 páginas.
(LA VERDAD, "ABABOL", 6/6/09)

Que tiemble la vieja Europa, que los huesos incorruptos de los césares se revuelvan en sus mausoleos, porque el césar actual, il Cavalieri Berlusconi, anda con la toga caída. El gran Silvio, el político que atesora más liftings que medio censo de Marbella, ha sido repudiado por su esposa, Verónica Lario, que también había gastado lo suyo en colágenos. No suelo meterme en el ámbito rosa de las noticias, a diferencia del gran Mastroianni en la cinta de Fellini, pero es que la primavera me subleva las hormonas.
A ver por qué el ínclito lombardo no va a poder piropear a las estrellas televisivas, o incorporarlas a su gobierno si le place, hombre, que no es para tanto. Total, un tipo que ha sido caligulino con sus congéneres políticos y neroniano con el pueblo de Italia, lo normal es que se muestre más bien tiberíaco con las doncellas transalpinas. Fíjense si es delicado que hasta asistió hace poco al cumpleaños número dieciocho de una joven napolitana, lo malo es que, según le ha afeado su ya ex consorte, nunca tuvo la deferencia de hacer lo mismo con la mayoría de edad de sus respectivos vástagos.
Después de todo, la cosa no es tan grave, peor hubiera sido acudir al epicentro de un terremoto y decirles a los afectados que no se preocuparan por vivir en tiendas de campaña, que eso era como un fin de semana de camping, o recomendarles que compren muebles nuevos en Ikea. Eso sí habría sido como para poner el grito en el foro, pero los devaneos rijosillos son pecados veniales en aquel país, así que no sé por qué se enciende tanto la ofendida Verónica. Debería mostrarse satisfecha porque el numen de la patria seleccione a futuras ministras entre el panorama audiovisual, igual la famosa Cicciolina sigue en activo y la recicla para la causa.
Bien mirado, si Margaret Thatcher, Angela Merkel o Mª Teresa Fernández de
Más vale que a Berlusconi le revisen los puntos del último estiramiento facial, o terminará organizando la próxima cumbre del G8, en vez de en L’Acquila, en Capri u otra isla paradisíaca. Otro día hablaremos del riesgo que supone estirar tanto la piel, porque terminará encogiéndose por otro lado para disgusto de las estrellas catódicas italianas. Salve.

Nada menos que veintisiete kilos de cocaína halló la policía ocultos en un camarote, y sin que nadie sospechase de las dos venerables mujeres. Parece ser que el capo de turno las abasteció en Brasil, y ellas tenían que hacer la entrega primero en Cádiz y luego en Ibiza, se conoce que Pocholo debe de estar de vacaciones o meditando en el Tíbet. El caso es que los agentes tuvieron que vigilar estrechamente a las sospechosas hasta estar bien seguros de que entregaban la mercancía, porque a ver quién era el guapo que engrilletaba a dos ancianas sin tenerlo claro del todo, me los imagino rezando para que sacaran el material y evitarse así hacer semejante papelón.

Así no me extraña que quieran prejubilarnos con tanta rapidez, debe de ser que la crisis ha llegado también a la plantilla de camellos colaboradores. Ahora podemos explicarnos por qué Benidorm parece estar en horas bajas, se estarán produciendo deserciones en masa, y cualquier día nos saltará a la cara la noticia de que el equipaje de Sara Montiel ha sido requisado, o de que las ruedas de la silla de la duquesa de Alba están recauchutadas con una goma un tanto peculiar.
El líder de la banda logró huir a Brasil, tengo para mí que será huérfano o algo similar, o de padre desconocido, que todo podría ser, pero otro fue detenido en Lepe cuando intentaba cruzar la frontera por Ayamonte, no quiero ni imaginar la de guasas que se habrán producido a su costa. Desde aquí abogo por el regreso a los métodos tradicionales, cualquier “mula” utilizaba ciertos rincones corporales para alojar la droga, pues ahora no hay más que seleccionar a quienes emplean a ancianas para estos menesteres y rellenarles determinados orificios, pero de golpe, con toda la producción anual de coca de Colombia, por ejemplo, pero bien embaladita.

El corrector estilístico Vladimir, antaño escritor de no desdeñable proyección, pasa revista a todo lo que sintió en aquella mañana aciaga, y no se deja llevar por las emociones viscerales, sino que es capaz de reflexionar acerca de cómo lo ocurrido percutió en su existencia, y con expresiones tan demoledoras como brillantes: “Por la calle hay gente que sufre anginas de pecho y madres a las que la leche se les ha cortado”. El ejercicio más difícil, por tanto, consistía en valorar en qué medida el ser humano se vio sacudido por aquellas explosiones, y cómo encontrar los mecanismos necesarios para protegernos del mal.
En esa concatenación de juicios y recuerdos, a Vladimir le acompañan Zoe, su pareja, sus padres, tan alejados generacionalmente, su editor y un amigo que le llama desde Madrid. Con esas voces, y las de los noticiarios, como fondo, Ricardo Menéndez Salmón habla de literatura, de amor, de muerte, de las primeras reacciones políticas, y hasta del sinsentido que muchos experimentamos aquel día, al preguntarnos cómo era posible que “los viejecitos arrojaran pan a las palomas” y los niños “se esforzaran desde su pupitre por comprender la naturaleza íntima de la división”. A pesar de todo el dolor y de la poca talla de nuestros políticos, el mundo siguió girando, y Vladimir trata de explicarse ese misterio a lo largo de las páginas de la novela. Mucho se ha escrito sobre ese día, y mucho más se escribirá, pero probablemente no con la calidad, la profundidad de pensamiento y la sensibilidad que atesora Menéndez Salmón. Todos estábamos en aquellos trenes y para todos, los que quedamos y los que no, está escrita esta novela.
‘El corrector’.
Ricardo Menéndez Salmón.
Seix Barral. 143 páginas.
(LA VERDAD- ABABOL. 18/4/09)
Una vez más la estética se traslada de la sección de sociedad a la de sucesos. En Barcelona, en pleno barrio del Raval, han detenido a un angelito de sesenta y tres años por practicar intervenciones sin titulación médica y con material veterinario. El tipo (lo bien que estaría pre-jubilado si le deja el Gobernador del Banco de España) cobraba, como mucho, quinientos euros por un implante mamario, y dicen que vivía rodeado de tres perros, un gato y un loro, o tal vez eran tres gatas, un perro y algún otro híbrido después de pasar por sus manos.
Lo curioso es que no dejaba de tener pacientes, o impacientes más bien, llegados de cualquier punto de España para recibir unos jeringazos, con pistolas veterinarias y agujas reutilizables, de silicona líquida en pechos, nalgas o donde le solicitaran, total, con esos precios y semejantes condiciones de salubridad, no iba a ponerse quisquilloso con los caprichos de su público. Y todavía los mossos d’esquadra se han sorprendido por no encontrar ningún listado de personas intervenidas, ni facturas ni recibos. Hombre, el Mengele este podía ser un salvaje, pero tampoco un imbécil con un datáfono cobrando a crédito para dejar un jugoso rastro tras de sí.
Amén de la brutalidad, habría que mirar un poco más allá, porque si estos antros tipo doctor Moreau florecen cada dos por tres es porque tienen clientela. No seré yo quien critique los deseos de cada prójima, o prójimo, que de todo hay, a la hora de engordar medio kilo por teta o nalga, pero mucho me temo que esta sociedad de la imagen que hace tiempo se nos ha desbocado está dejando muchas más bajas detrás que consejos sobre cánones de belleza.
Mientras sigamos alimentando modelos de perfección artificial, siempre habrá envidias y anhelos de los que se aprovecharán cirujanos buitres en cualquier cuchitril. Si seguimos dando pábulo a tetonas o jovencitos con tableta de chocolate abdominal y cerebro de nube de algodón, continuará la fiebre del bisturí, aunque por desgracia no se haya inventado todavía la silicona idónea para rellenar vacíos craneales. Ya no hay cultura del esfuerzo ni siquiera para remozarse la fachada, la indolencia y la pereza nos gobiernan y nos cuestan vidas. Mejor sería adoptar el ejemplo de Robin Williams en esta comedia, más vale un disfraz que apuntale a tiempo que una silicona caducada en manos de un cabrón con pintas, aunque éstas sean naturales.

Para construir esta magnífica novela, Luis Leante ha recurrido a su arsenal de virtudes, el trazo ajustado de la psicología de sus personajes, una alternancia temporal que cada vez realiza con mayor suavidad, y un tempo narrativo dosificado, milimétrico casi, para que el lector se vea arrastrado a pasar una nueva página, incluso concediéndole la ventaja que el protagonista no tiene: la de conocer el gran secreto de Emin Kemal antes de que René haya podido averiguarlo. Ambos hombres, escritor y traductor, vieron sus destinos encerrados sin remisión en el puño de Derya, una inquietante y magnética mujer cuya sombra se extiende como una mancha de aceite, o como esas puestas de sol que languidecen en el Bósforo.
La búsqueda que emprende René tiene como escenarios Alicante, Madrid y Munich, pero sobre todo la ciudad de Estambul, y el café
‘
Alfaguara. 393 páginas.
(LA VERDAD, "ABABOL", 28/3/09)

Lo que es el cine, en 1968, el ruso Kiril Lakota, o lo que es lo mismo, el gran Anthony Quinn, era elegido Papa con el fin de abogar por la paz en plena guerra fría. Cosas de la ficción lo de presentar a un Vaticano implicado hasta ese punto en la sociedad, porque lo que es hoy, nada de nada. Para haber empezado el negocio con un pesebre y haberlo llevado hasta donde está, en el corazón de Roma andan un poco escasitos de marketing.
Parece que el señor Ratzinger haya pensado que, puestos a repartir hostias, mejor que sean de gran calibre, de ahí lo de conmemorar el día de la mujer trabajadora elogiando a la lavadora como un invento que ha ayudado a mejorar la vida femenina. Valiente desfachatez, hombre, mira que olvidarse del microondas, la fregona, las tenacillas o las bolas chinas…, no hay derecho. Pero no contentos con la perla que soltó L’Osservatore Romano, ahora el zumo pontífice (no me digan que no tiene cara de llevar siempre un limón entre los dientes) se descuelga diciendo que el uso del preservativo agrava el problema del sida, y lo hace en África, donde a la dichosa enfermedad casi ni la conocen.

Una metedura de pata puede ser un desliz, dos ya es perseverancia y mala leche, así que he acudido una vez más a mis espías y me han confirmado lo que ya temía: hay un topo en El Vaticano. El tipo que le escribe los mensajes al Pescador debe de ser un ateo resentido, un lama con peluquín o un ayatolah rasurado harto de cálices, porque de otra manera no se entiende la política vaticana desde que Carol Wojtyla dejase el listón tan alto como lo dejó. Si lo que pretenden es captar ovejas para incrementar el rebaño, desde luego van de purgatorio en purgatorio, porque con las últimas manifestaciones, las demás religiones del orbe están subiendo muchos puntos en el ranking de conversiones.
La otra posibilidad es que el topo sea un apocalíptico de tomo y lomo que desee ver muerto a su jefe cuanto antes, si Obama ha llegado donde ha llegado, a ver por qué no puede haber un Papa negro que preludie el fin de los días y el triunfo definitivo de Belcebú. O quizá sea un economista encubierto que ha dado con la solución final de la crisis: si dejamos que los africanos vayan sucumbiendo en masa por no ser profilácticos, tocaremos a más dinero en el reparto mundial, así que adiós a la recesión.
Por los mentideros cibernéticos circula una curiosa teoría. En 1981, el Liverpool ganó

La obra acumula un triple mérito: además de entregarnos la peculiar relación que surge entre Theresa y el Inquisidor, nos muestra a un autor que se zambulle de cabeza en la actualidad, y de una manera novedosa, porque nadie hasta ahora había planteado una novela como material íntegramente aparecido en un blog y varias sesiones de chat, confirmando así que las nuevas modalidades comunicativas no tienen por qué estar reñidas con la buena literatura.
El tercero de sus méritos radica en rescatar un episodio histórico, un supuesto caso de herejía acontecido en el convento, y mostrar cartas, actas de interrogatorios y confesiones, y hasta pliegos de descargo, todo ello con una adecuación lingüística verdaderamente magnífica, llevando al lector hasta el mismísimo barroco español. La historiadora Theresa y el enigmático hombre que se hace llamar Inquisidor iniciarán su camino en común de la mano de este episodio y de sus textos.
Pero en esta novela, Lorenzo Silva habla también de la soledad, del fracaso, ya sea amoroso o social, que ha salpicado a sus protagonistas, y de la culpa y la expiación, porque los dos arrastran sus propios baúles de dolor, los mismos que los han conducido a la intemperie de eternas noches frente al ordenador. Tiempos nuevos con antiguas dolencias, tiempos nuevos con nuevos métodos tecnológicos, pero siempre con los idénticos misterios de la vida: el juego entre las apariencias y la realidad.
‘El blog del Inquisidor’. Lorenzo Silva.
Destino. 251 páginas.
("ABABOL", LA VERDAD, 14/3/09)
Jean Rochefort se enamoraba de una peluquera, lógico si el papel lo encarnaba Anna Galiena, menos mal que no tuvo que fijarse en la directora del instituto alicantino de El Pla. La individua de marras se llama Marina Carmen Sanz, es docente de Formación Profesional, rama de Peluquería, y su elevada cualificación para ejercer el cargo parece haberse visto refrendada, más que por méritos profesionales, por su capacidad para pasillear y contactar con los cargos de la administración educativa valenciana.
Esta buena mujer, además de parar poco por su centro, según comentan alumnos del mismo, lleva más de un año martirizando al escritor Luis Leante, gran persona, grandísimo novelista y al parecer egoísta profesor, porque no ha querido abandonar la docencia y dedicarse a vivir de sus libros. El caso es que, si Luis Leante ganaba el Premio Alfaguara, ella, en vez de presumir de trabajar con un compañero brillante, se retorcía los colmillos de envidia; cuando Luis solicitó reducción horaria, ella le castigó con horarios esquizofrénicos, se permitió el lujo de negarle la entrada al centro para celebrar una tertulia literaria, y cuando los tertulianos se reunieron en el aparcamiento, llamó a la policía para que los desalojara.

No hay nada peor que un mediocre en un cargo de mando, que un imbécil, una imbécil en este caso, apolotronado en el caudillaje estalinista en un centro de enseñanza. Y Luis, a quien me precio de conocer, ha aguantado carros y carretas, se ha hinchado a poner la otra mejilla por el egoísmo de querer seguir enseñando latín a sus alumnos, nada menos. Ha seguido en la brecha, no sé cuántos de nosotros lo habríamos soportado, porque disfruta enseñando, no rellenando encuestas y papeles inútiles ni figurando como gerifalte de nada.
Así que no me extraña que, cuando vio una cámara apuntando directamente a su seminario, un ojo inclemente dispuesto a certificar algún mínimo error para que la tal Marina le denunciase a la inspección educativa, Luis dijera que ya estaba bien, que no tenía por qué soportar más la ignominia, y arrancase un par de cámaras para liberarse, cámaras que habían sido instaladas sin que el claustro de profesores tuviera conocimiento de ello. Total, los profesores somos el personal menos importante del mundo educativo.
Pero no contenta con eso, esta hija de Sade hace que arresten a Luis durante una clase, y él termina pasando la noche en la comisaría, ni presunción de inocencia ni falta de antecedentes ni gaitas, esta señora, con perdón, fascista donde las haya, se pasa por el arco de los rulos cualquier atisbo de modales o delicadeza. Pues yo estoy con Luis Leante, pecador de brillantez literaria y humana, y que se jodan los mediocres. Vale.

En el día más caluroso de Los Ángeles, un tipo normal, de a pie, encarnado por Michael Douglas, ve cómo rebosa el vaso de su paciencia y la emprende, por una vez, a golpes con el mundo, nada importaban todas las vejaciones que hubiese sufrido antes, sólo importaba su reacción al sacar los pies del tiesto. En un día cualquiera en Euskadi (ya se sabe, explosiones por aquí, amenazas por allá, mentiras por doquier), otro ciudadano, también de a pie, coge una maza y se lía a reventar el local de una de esas tabernas abertzales donde se amamantan los gudaris de la libertad vasca.
Que su casa hubiera sido destrozada por una bomba no importa, que viviera sobre una sede del Partido Socialista de Euskadi, tampoco, que su padre hubiera sido concejal en otros tiempos, tampoco, lo verdaderamente execrable es que el hombre se líe la manta a la cabeza y destroce un bar, cuna de idealismo más puro. Con dos cojones, lo siento, pero es la primera expresión que han alumbrado mis tripas. Y lo ha hecho sin pasamontañas, a pecho descubierto, en pleno día y sin esconderse detrás de falsos trampantojos ideológicos, sólo por defender una de las posesiones más atávicas del ser humano: su casa, y por ende, la vida de los suyos.
El problema es que se llama Emilio Gutiérrez, y por eso algunos ya le han tildado de fascista, claro, si se hubiese llamado Eneko Fundarizbarrena, otro gallo cantaría, pero no tiene, a simple golpe de libro de familia, el necesario ADN vasco, tal vez incluso sea un maqueto invasor que lleva treinta años allí, queriendo explotar y pisotear a los verdaderos arios. El hombre ni siquiera se resistió a la detención, entre nervios mascullaba que nunca había hecho nada parecido, pero también que le habían destrozado su casa, recién reformada junto a su padre, otro invasor, y ya esposado soltó la frase más lapidaria: “ojo por ojo y diente por diente”, algo que los etarras no han practicado jamás de los jamases.
Eso sí, un pacífico viandante que pasaba por allí en el momento de la detención le susurró palabras de ánimo: “ocho años te van a caer”, así, sin más. A los que pusieron la bomba que destrozó la casa de Emilio igual ni los detienen, pero él se verá sometido al peso de la justicia, eso es lo que le eleva por encima de la canalla de los pasamontañas, los mismos que nunca destrozan las casas de Ibarretxe, Pachi López o Basagoiti, ni siquiera ahora que están en campaña.
Y luego llega el objetivísimo e imparcial diario Gara diciendo que hubo mucha gente viéndolo y que nadie intervino, que nadie frenó tamaña afrenta al independentismo, y hasta se permiten culpar a los que minutos antes se manifestaron contra las bombas. Después de llamarle fascista y amenazarle, ellos convocaron otra manifestación en protesta por un acto que ilustra la represión que sufren. Tal vez Emilio Gutiérrez, en vez de irse de Lazkao, debería acudir a la redacción del periódico a disculparse, conozco yo una empresa que alquila bulldozers a precios de auténtica ganga.

A priori, una novela en la que se salta de nuestra época al siglo XXXI puede hacer rechinar los dientes de la desconfianza, pero Care Santos abre un túnel del tiempo con tal suavidad que el lector no sufre mareo alguno en esos viajes. El mundo está arrasado,
El planteamiento atrae por sí solo y, futurismos aparte, no recoge más que un argumento de lo más universal, el conflicto entre el Bien y el Mal. Pero para que el mal no triunfe del todo, nacen dos gemelos, Eilne y Níe, que serán los mensajeros del cambio, y justo antes de su exterminación, su madre los envía al pasado con el fin de que puedan cumplir con su misión. A partir de ahí, la novela es una continua búsqueda, un viaje sin fin en el que cada gemelo trata de encontrar a su hermano, siempre con la ayuda de la organización protectora del bien.
Para que ese viaje no se haga monótono sino trepidante, Care Santos perfila un estructura capitular muy ajustada y celérica, dando forma a un universo narrativo que controla en todo momento, como una diosa sedente que lanza y lanza los dados literarios para ir poco a poco atrapando al lector con momentos de peligro, de acción, de intrigas ocultas y enemigos que fingen ser lo que no son.

Bajo su ciencia ficción, laten también serios avisos para el planeta, que los jóvenes lectores deben asimilar, porque en sus manos estará impedir que los Nigro Vultur de turno logren triunfar. El destino de nuestro mundo, tal y como lo conocemos, pasa por prestar atención a dos prevenciones de grandísimo peso: nunca abandonar la cultura y el arte, y jamás descuidar el entorno que nos rodea. No en vano los mensajeros son dos jóvenes de doce años, edad en la que se supone que el juicio debe empezar a despertarse del todo.
A medida que avanza la novela, va creciendo la emoción y vamos descubriendo datos, también al tiempo que lo hacen los gemelos Eilne y Níe, y llega un punto en el que somos nosotros quienes saltamos en esas refulgentes grietas del tiempo sin miedo, aunque con ansiedad, la que provoca el deseo de conocer la resolución de la trama. Lejos de redactar una novela que se bañe sólo en la ñoñería que algunos autores atribuyen a los lectores jóvenes, Care Santos los trata de tú a tú, adentrándose en su propio mundo, en sus preocupaciones, en sus inquietudes y hasta en su forma de pensar. ¿Quién dijo que los jóvenes no pueden disfrutar de una literatura más profunda? Esta novela lo desmiente, y a poco que sepan leer entre líneas, les advierte, quizá no del camino que deben seguir, pero sí de los caminos dañinos de los que conviene apartarse.
“Dos lunas”.
Care Santos.
Montena. 397 páginas

Hay que decirlo ya sin tapujos, nuestros parlamentarios no son ellos mismos, sino réplicas salidas de vainas alienígenas que se han almacenado durante años en el subsuelo del hemiciclo. Aquel “manda huevos” de Trillo, que muchos confundieron con un despiste y un desahogo, no fue, no seamos ahora ingenuos, sino el pistoletazo de salida para que comenzara la invasión, y tantos escaños vacíos como vemos a menudo no son más que la prueba fehaciente de que poco a poco se han ido concretando las sustituciones.
A las pruebas me remito, porque estos clones, además, han resultado ser bastante gamberretes, o votan pulsando los interruptores con los pies, o se sacan de la manga disparatadas proposiciones de ley según los códigos interestelares vigentes. Claro que no todos pudieron ser sustituidos, ¿alguien sabe qué fue de Álvarez Cascos, Julio Anguita o José Borrell?, nada, perdidos en el espacio porque no dieron su brazo a torcer y no se dejaron replicar, escapando a tiempo de las garras de estos fabricantes de vainas. Tampoco hemos sido los primeros, no nos pasemos de orgullosos, en los Estados Unidos hace décadas que practican esta técnica del cambiazo en
Aparte de los que se han borrado de la faz pública, hay otros que tampoco han sido copiados, pero sobreviven camaleónicamente en sus asientos de cuero, véanse los casos de Magdalena Álvarez o Pedro Solbes, ¿para que sustituirlos si los originales ya están bastante alejados del globo terráqueo? En cambio, con otros miembros de primerísima fila, nadie podrá negar que los alienígenas han hecho un trabajo fino fino, dejando su sello personal, esas cejas startrekianas del ínclito Zapatero, o sus robóticas alzadas y caídas de antebrazo, o ese siseo cibernético de Rajoy son, sin duda, marca de la casa marciana.
Las vainas han desaparecido de los sótanos del Congreso, claro, hablamos de seres dotados de una inteligencia superior, y tan sólo han dejado algunos restos para despistar. Lo que no ha trascendido, según me confirman mis fuentes del servicio de inteligencia, es que sólo se han conservado, medio escondidas, un par de ellas que al parecer tardaban más de la cuenta en eclosionar, en una hay una peluca rubia y cientos de cartones de tabaco, la otra se bambolea sin control de un lado a otro y de su interior salen sin parar murmullos ininteligibles que en los días húmedos se confunden con los sones de flautas gallegas. Pero el éxito del cambio ha sido radical, ¿o alguien pensaba que esa nueva mata de pelo que le ha salido al señor Bono era un progreso médico?



Y el mensaje no podía haber aparecido en mejor lugar y en mejor momento, porque conociendo la guasa que atesoran los gaditanos – a ver cuándo esa ciudad pasa a llamarse de una vez Cai, que sería lo suyo -, las chirigotas que se avecinan van a ser de órdago. Ya se han oído voces acerca de los antepasados del Pocero, o de una corrupción urbanística de tradición milenaria, o de lo distinta que sería la inscripción si se hubiera escrito hoy, Balbo con uve, ladrón sin tilde... Y lo que queda.
Aquella loba, al parecer, no sólo amamantó gemelos, también nutrió a zorros de la construcción, cuyos descendientes han llegado a hacerse césares de Marbella o Seseña, o a intrigantes que han legado una adicción febril al puñal traicionero en la comunidad madrileña, con ese espionaje que todavía no tiene Bruto, o Bruta rubia que aseste el golpe definitivo. Y uno que pensaba, ingenuo, que sólo nos habían dejado acueductos y calzadas, y una lengua madre que entre unos y otros están transformando en madrastra fea de tanto como la maltratan. Pero eso sí, lo que no hemos adoptado tan bien como debiéramos ha sido el Derecho Romano, porque si el dichoso Balbo viviera hoy, habría mirado la inscripción con desdén, sabedor de que, fueran cuales fuesen sus desmanes, muy mal se le tendría que poner la cosa para pisar una celda.
No hay más que ver cómo les va a los Balbos de hoy, todos esos constructores que ahora tanto se lamentan de la crisis pero han olvidado muy rápido el llenazo pecuniario que experimentaron sus bolsillos hace algunos años. Que se recalifican terrenos a precio de saldo en
Eso sí, luego llegan dos jóvenes gamberros, le roban la pizza a un repartidor – otro ultraje a la herencia romana -, y los encarcelan de inmediato con la amenaza de una pena que va de los dos a los cinco años, vamos, que hay etarras enchironados menos tiempo por alguna explosión que otra. Urge revisar los códigos penales ante esta bacanal de desequilibrios, o ya podemos ir empuñando el spray para que dentro de mil años algún arqueólogo incauto lea nuestras protestas. ¡Qué imperio!, que diría Forgius.

- Dice que... la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte. ¿Qué tal, está muy bien, eh?
- No, eso no está bien. Quisiera volver a oírlo.
- Dice que... la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte.
- Esta vez creo que suena mejor.
- Si quiere se lo leo otra vez.
- Tan solo la primera parte.
- ¿Sobre la parte contratante de la primera parte?
- No, solo la parte de la parte contratante de la primera parte.
- Oiga, ¿por qué hemos de pelearnos por una tontería como ésta? La cortamos.
- Sí, es demasiado largo. ¿Qué es lo que nos queda ahora?
- Dice ahora... la parte contratante de la segunda parte será considerada como la parte contratante de la segunda parte.
- Eso si que no me gusta nada. Nunca segundas partes fueron buenas. Escuche: ¿por qué no hacemos que la primera parte de la segunda parte contratante sea la segunda parte de la primera parte?”
Los autores de este genial diálogo eran Groucho y Chico Marx, pero bien podían haberlo pergeñado los gnomos diabólicos que conviven dentro de la cabeza de la insigne ministra Magdalena Álvarez. Vamos, que el Ministerio de Fomento (¿quién sabe qué es lo que fomenta?) parece aquel camarote atiborrado de sinsentidos que veíamos en la pantalla, y para colmo, además de las barrabasadas que dicho ministerio va cometiendo día sí y día también, es absolutamente imposible comprender alguna palabra cada vez que la querida señora habla en público, aquejada de un parasitismo lingüístico ante el que uno ya no sabe si apiadarse o montar en cólera. Hay docenas de vídeos en la red que lo atestiguan.
Las primeras veces que nos deleitaba con su ilustre verborrea, lo reconozco, casi provocaba cierta simpatía, pero al descubrir que es algo crónico, uno empieza a pensar en cualificaciones, amiguismo y hasta dimisión. Da igual que el AVE se hunda en misteriosos socavones, que Barajas se cierre o se enhuelgue, que llueva, nieve o truene, la interfecta pertenece al orden, tan desconocido en nuestro país, de la garrapata pertinaz, esa figura que le hace sangre a la poltrona de tanto clavarle las uñas.
Así que no nos queda otra que rezar para que la naturaleza nos respete, porque aquí nadie asume sus responsabilidades, somos doctores en expulsiones de balón y en manejo de ventiladores excrementicios, pero no pasa nada, nunca pasa nada, en cualquier otro país sería una más a engrosar las listas del paro. Aquí deja a los hermanos Marx como aprendices del surrealismo. En la famosa escena, Groucho le pide a Chico que firme el contrato, éste le dice que no sabe firmar, y él le responde: “es igual, la estilográfica tampoco tiene tinta”. Pues eso, esta mujer delira constantemente, pero es igual, tampoco un político español tiene que saber gobernar. Y además, dos huevos duros.

Existen narradores nocilleros que se rinden ante las modas, otros que se encierran en mundos indescifrables y otros que utilizan la palabra como quien riñe a garrotazos, y luego está Rubén Castillo, antítesis de los anteriores porque ama la literatura, mima el lenguaje y voltea sus esquemas argumentales hasta dar con lo que busca. Por eso es una suerte que aparezca de nuevo una novela suya, porque nos permite disfrutar de una pluma muy solvente que sabe lo que quiere, y que sabe cómo lo quiere.
El tema podría no ser novedoso: alguien que denuncia a otro alguien por un supuesto acoso sexual. Lo fácil sería ponerse de parte de la alumna que denuncia, o del profesor denunciado, pero lo que convierte en brillante esta novela es la intención del autor de no tomar partido, para que el lector saque sus propias conclusiones, y la mejor manera de hacerlo es entregarle la voz a los testigos, para que ellos descubran las múltiples caras del poliedro de la verdad.
Rubén Castillo critica la liviandad de las verdades que se formulan a la ligera, y lo hace de manera formidable y demoledora, porque el mundo, su mundo narrativo, no está forjado con blancos y negros, sino con infinitas tonalidades de grises que desasosiegan, como desconcierta la facilidad de los juicios apresurados que pueden dinamitar la existencia de cualquiera, adentrándolo en esas pesadillas que, parafraseando a Borges, son las grietas a través de las cuales se contempla el infierno.
Las vidas del profesor Pablo Conesa y de la alumna Sonia Iborra se tambalean, sacudidas ambas por la ligereza con la que algunos personajes opinan, o la mala intención de otros que empuñan el índice acusador. Estamos ante un catálogo de caracteres humanos muy reconocibles que Rubén Castillo borda en todas sus páginas, con unas imágenes impactantes y magníficas, graduando la intensidad de lo narrado para que lector recoja el guante que le lanza. Leer esta novela es un duelo de alta calidad y no hay más que rendirse ante su brillantez.
‘Las grietas del infierno’.
Rubén Castillo.
Ediciones Tres Fronteras.
226 páginas.
(LA VERDAD, ABABOL, 24/1/09)

Con todo, lo peor del asunto no es eso, sino la cantidad de profesionales que van a engrosar todavía más las listas del paro. Tradicionalmente, cantantes, actores, aristócratas, curas, toreros y futbolistas parecían tener el monopolio de la bastardía, y ahora se les va a terminar el chollo, porque cualquiera les podrá hacer la competencia. El misterio de encontrarle algún parecido a los que reclamaban un apellido, pero sólo un apellido, ¿eh?, nada de millones, se esfumará, y seguro que en horario de máxima audiencia. Las cintas de Esteso y Pajares, a la basura, hombre, que se quedan sin su mayor enredo argumental. Yo, para paliar un poco la crisis, he vuelto a contratar a mis espías, y sé de tinta muy legítima que los adláteres del señor Vasile dudan entre dos nombres ilustres para elegir al presentador, pero creen que al final será don Leandro de Borbón quien se llevará el gato al agua, para desolación de un torerito rubio, un tal Manuel Díaz creo que se llama.
Las facilidades para acudir al programa de marras van a ser inmensas, y todos podemos proporcionar candidatos: árbitros de regional, funcionarios de… (ponga aquí el lector la administración que más le duela), gudaris vascos, ex presidentes norteamericanos, dueños de talonarios de multas, extremistas del volante, la lista puede ser enorme, y además, tal y como está el patio, pueden batir todos los récords de longevidad televisiva. Por quienes más lo siento es por los repartidores del butano, o negocian unos permisos especiales o se van a ver en la calle con tanta visita como harán a los platós. A ver con qué cara responde esa madre afligida a su pequeño cuando le pregunte aquello de: “mamá, ¿por qué papá mató al butanero?”.


Iván Thays presenta esta novela con una intensidad considerable, y sin rehuir el combate con la historia reciente de su país. Oreja de Perro es un lugar desolado, cuya altura saca lo peor de cada ser humano, y en el que se han congregado un buen número de periodistas y militares. Precisamente por eso el protagonista encuentra una serie de personajes caóticos: Jazmín, una mujer que arrastra un secreto en su vientre, Scamarone, un fotógrafo viejo y resabiado, una limeña que sueña con amar a un corresponsal de guerra, o un hombre amnésico que estudia chino.
El ambiente que Thays recrea es opresivo y descreído, las huellas de los desmanes están aún demasiado frescas, y no van a cerrarse con un programa de beneficios sociales. Pero la espera ayuda también al protagonista a bucear en sus recuerdos, para saber si aún puede reencontrarse con una existencia que merezca la pena vivir, de ahí el fraseo corto, como trallazos de amargura, y la intermitencia calculada con la que se entremezclan el presente y su demoledor pasado.
Una mezcla que se presenta con una acertada primera persona narrativa, y unos ojos que no sólo contemplan a las criaturas que pasan por su vida en esos días de espera, sino que escrutan la política, la inconsistencia humana y hasta la venganza, aunque muchos la disfracen de nuevos rebrotes terroristas. Thays es un autor que no sólo no le da la espalda a su realidad, sino que busca la mejor manera de reflejara en sus obras, analizándola pero también enfrentándose a ella.
‘Un lugar llamado Oreja de Perro’.
Iván Thays.
Anagrama. 212 páginas.
(LA VERDAD, ABABOL, 10/1/09)

Eso por si alguien todavía piensa que la realidad no supera a la ficción, si aún hay dudas, hay más ejemplos, como la guerra publicitaria que se ha desatado entre ateos y creyentes, que los ingleses toman los autobuses para predicar que Dios no existe, pues aquí, para chulos nosotros, surgen las mismas campañas pero cambiando el adverbio, y cualquier día veremos a Rouco Varela haciendo monólogos en la tele, con lo fácil que sería dejar a cada uno que crea lo que quiera. Que cierto señor con bigote se aburre por la inactividad, pues nada, califica la elección de Obama como “exotismo histórico” y se queda tan ancho, porque largo me temo que no,
Y lo más llamativo es que nunca pasa nada, estamos llegando a tal grado de estulticia que ya casi nadie se sorprende por esta carrera para ver quién es capaz de decir, o hacer, el disparate más gordo. Eso sí, de levantar una voz contra la guerra, por llamarla de algún modo, que los israelíes están perpetrando en Palestina, nada de nada, total, eso no hace destacar a nadie, ni sirve para mostrar el ingenio. Y si los hijos de Israel (esos que no son nada fundamentalistas) se empeñan en cometer con los palestinos el mismo genocidio que Hitler intentó con ellos, bueno, son gajes del oficio, ya dijo Condoleezza Rice que, al fin y al cabo, Israel sólo se estaba defendiendo. Podrían invadirles como hacían en la película, de forma medio pacífica y hasta esperar a ver si los pueblerinos decidían lo contrario en asamblea.
Pero eso sería apelar a la lógica, y el caso es que la lógica persigue a estos virtuosos de la boutade, pero ellos son mucho más rápidos. Ni con el cambio de año se han serenado los ánimos, al contrario, yo estoy pensando en buscarme un pueblecito entrañable en el que perderme; prefiero, con mucho, a aquellos extranjeros que olían a cabello de ángel, e incluso a aquel novelista que cometió el pecado terrible de plagiar a Faulkner, aunque me llamen minoría étnica. Cualquier día, el sol va a salir del revés y a ver quién es el guapo que le dispara primero, mejor sería hacer elecciones como las de los habitantes de este pueblo, renovando anualmente los cargos de alcalde, cura, borracho, maestro, puta o marimacho en periodo de prueba…, seguro que todos tenemos ya algunos candidatos en mente.


Al final han aparecido, años buscando las armas de destrucción masiva y resulta que el superagente Bush tenía razón, que sí existían, y bien a la vista, para demostrarle al mundo la incompetencia de aquellos inspectores de
¡Qué cosas! Aquel agente torpón llamado Maxwell Smart pertenecía a la secretísima agencia CONTROL, una lástima que los padres del amigo Bush no hubieran conocido en su momento otra empresa del mismo nombre que se dedica a ciertas actividades igualmente preventivas, cuántos disgustos nos habríamos ahorrado todos. En fin, el amigo George W. no es aquel inefable Don Adams de la pantalla televisiva, aunque los dos rezuman la misma mirada exultante de inteligencia, pero sí tuvo el hombre reflejos suficientes para agacharse, porque de aguerridos escoltas que se lanzan a pecho descubierto a parar el impacto, nada de nada. A ver, entre una bala y un jumeo de tachines iraquíes no hay color, eso de todo por la patria, bueno, pero hasta cierto punto. Joder con la crisis, ya no hay ni para proyectiles.
Menos mal que le queda poco al líder mundial, y ya no podrá trinchar pavos de plástico, o leer libros del revés, o darse trompazos con su perrito en Camp David, ¿quién le tiraría el hueso a quién? De todas formas, son ganas de tocar las babuchas, como no escarmentaron con lo de Vietnam no se le ocurre otra cosa que ir a despedirse de Irak, eso no es meter el dedo en la llaga, es meter el brazo hasta el sobaquillo, así que yo casi entiendo al periodista descalzo, la verdad, que una cosa es que te invadan y bombardeen, y otra muy distinta que luego vengan a reírse en tu cara.
Pero bien mirado, la culpa no es sólo de míster Bush, la genética es que tiene muy mala leche, porque si Darwin levantara la cabeza vería lo errado que estaba con aquello de que las especies mejorarían gracias a los individuos más dotados, no hay más que ver al papá del interfecto y a las hijitas tan modosas que le han salido. Y el periodista iraquí elevado al rango de héroe nacional, no en vano ha sido el que ha tenido más a tiro al gran enemigo del mundo árabe, una legión de abogados se ha ofrecido a defenderle, y por las calles los fieles enarbolan zapatos como nuevos símbolos divinos. Arrestos tuvo el tipo, pero no muchas luces, mejor hubiera sido arrojarle una de aquellas galletitas que tanto le gustan y atragantan. Una vez más Bush ha ensalzado la sapiencia de nuestro refranero, en esta ocasión ha hecho cierto aquello de “para lo que me queda en el convento…”